La presidenta de México, Claudia Sheinbaum, doctora en física e ingeniera, nos ofreció ayer una lección de aritmética que no figura en ningún libro de texto. “Imagínense, son 4 × 5, 50 hospitales”, dijo al referirse a la rehabilitación de unidades del ISSSTE, cada una de las cuales, según sus propios datos, requiere una inversión cercana a los 400 millones de pesos. El resultado correcto de 4 por 5 es 20. El 50 es el número total de hospitales que planea intervenir. La mezcla es tan burda que resulta casi conmovedora.
No se trata de un lapsus menor. Se trata de la máxima autoridad del país, quien ha construido buena parte de su legitimidad sobre el prestigio científico y la promesa de un gobierno de “datos y evidencia”, atrapada en una operación elemental de primaria. El error no altera, en sí mismo, el presupuesto ni el número de hospitales. Lo que altera es la percepción de rigor. Cuando quien gobierna no puede manejar con fluidez las cifras que ella misma anuncia, el ciudadano queda autorizado a preguntarse qué otras cuentas se están haciendo “más o menos”.
La anécdota se vuelve más reveladora por el contexto. El mismo gobierno ha insistido durante meses en el Plan de Infraestructura Hospitalaria 2024-2030: 50 hospitales nuevos, 47 ampliaciones, 55 sustituciones o mejoras mayores, 181 mil millones de pesos y alrededor de 9 mil camas adicionales. Son números redondos, presentados con gráficas y comparaciones históricas. Precisamente por eso, el desliz de “4 × 5 = 50” funciona como una grieta involuntaria. Si la operación más simple se traba, ¿qué garantía tenemos de que las operaciones más complejas —las de costos reales, sobrecostos, tiempos de obra o personal necesario— se estén haciendo con mayor precisión?
Hay quienes minimizan el episodio. “Cualquiera se equivoca”, dicen. Es cierto: los políticos se tropiezan con las palabras. Pero no todos tropiezan con la tabla del 5 mientras ostentan un doctorado y dirigen un Estado. La diferencia no es de inteligencia; es de atención y de hábito. Gobernar implica estar dispuesto a que las cifras sean públicas, verificables y, sobre todo, coherentes con lo que se dice en voz alta. Cuando la coherencia falla en lo más elemental, la carga de la prueba se invierte: ya no basta con anunciar inversiones; hay que demostrar que se sabe de qué se está hablando.
El episodio también ilumina un problema más amplio. Durante años se ha criticado el bajo rendimiento del sistema educativo mexicano en matemáticas. Las pruebas PISA y las evaluaciones nacionales han mostrado, una y otra vez, que una proporción importante de estudiantes no domina operaciones básicas al terminar la secundaria. Que la presidenta de la República cometa en público el mismo tipo de error que se le reprocha a un alumno de primaria no es una anécdota divertida; es un síntoma. Si la cúspide del poder político no trata las cifras con el cuidado que exige un gobierno que pretende basarse en evidencia, resulta difícil exigir rigor en las aulas o en las oficinas de planeación.
Nadie pide que un presidente resuelva ecuaciones diferenciales en la mañanera. Se pide, simplemente, que cuando anuncie que se van a rehabilitar 50 hospitales a 400 millones cada uno, la aritmética que acompaña el anuncio no contradiga el anuncio. La frase “4 × 5 = 50” no es un detalle menor. Es la condensación, en una sola línea, de la distancia que a veces existe entre la retórica del rigor científico y la práctica cotidiana del poder.
Los hospitales, al final, se rehabilitarán o no según los presupuestos, los contratos y la capacidad de ejecución, no según el resultado de una multiplicación mal dicha. Pero las palabras importan. Y cuando las palabras más simples fallan, el resto del discurso queda, inevitablemente, bajo sospecha.




