CDMX.- Claudia Sheinbaum cerró el domingo 27 de septiembre su gira “Honestidad y resultados” en la plancha del Zócalo. El Gobierno de la Ciudad de México reportó más de 200 mil asistentes; la presidenta sumó cerca de 850 mil en las 32 entidades a lo largo de 12 días. El dato oficial no se sostiene solo: El País documentó contingentes de colonos movilizados desde alcaldías gobernadas por Morena y aliados; en redes y reportes de campo se vieron playeras uniformadas, banderas de organización, sindicatos y trabajadores de gobierno. Días antes, Sheinbaum había dicho que no sería una movilización nacional, sino una asamblea de la capital. Lo que se vio fue el viejo operativo de estructuras, no una plaza que se llena sola.
El contraste está en el video, no en el boletín. Mientras Sheinbaum enumeraba avances y hablaba de soberanía —un discurso de unos 40 minutos—, cientos empezaron a salir. Abejorro Media y otros registros muestran sillas espaciadas, filas que se adelgazan y un Zócalo semilleno a mitad del acto. No es un incidente aislado: en Puebla, Proceso reportó el mismo patrón días atrás, con gente que se iba antes del cierre. Llevar gente no es lo mismo que retenerla. Si el apoyo fuera tan sólido como el comunicado, no haría falta pasar lista ni repartir distintivos para que alguien se quede hasta el final.
El poder sigue midiendo lealtad en camiones y playeras, y luego vende esa foto como pueblo. Un gobierno que presume rendición de cuentas en plaza pública no puede declarar 200 mil y, al mismo tiempo, dejar que la plancha se desinfle mientras la presidenta sigue hablando. El detalle no se arregla con cifra oficial ni con consignas. Si hay que acarrear para llenar y aun así la gente se va, el problema no es el calor: es que el acto ya no convence ni a quienes los propios operadores sentaron en la silla.
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