CDMX.- El senador de Morena Adán Augusto López Hernández rompió meses de silencio ante la prensa para calificar a Andrés Manuel “Andy” López Beltrán como “persona honesta e íntegra” y víctima de una “campaña mediática brutal”. Dijo que lo conoce desde niño, que lo quiere y respeta, que “por mis amigos, siempre” metería las manos al fuego, y que la revocación de su visa estadounidense es una decisión soberana de otro país, no un delito. Evitó hablar de Amílcar Olán, el empresario tabasqueño señalado en múltiples investigaciones periodísticas por su cercanía con Andy y Gonzalo “Bobby” López Beltrán. También recordó que registró su nombre como marca hace años para impedir su uso en campañas en su contra.
Las investigaciones de Mexicanos Contra la Corrupción y la Impunidad, Latinus y otros medios documentan que empresas vinculadas a Olán obtuvieron contratos por cientos de millones en medicamentos (Romedic, vía Insabi), balasto para el Tren Maya y el Interoceánico, y operaciones relacionadas con la refinería de Dos Bocas; audios difundidos lo relacionan además con presuntos vínculos con una célula del CJNG y con operaciones de huachicol fiscal (Portacelis, con daño estimado superior a 800 millones de pesos). Olán fue ubicado en Suiza y se reporta que se desplazó a otros destinos. Estados Unidos revocó la visa de Andy en agosto; The New York Times informó que agencias estadounidenses revisan acusaciones de vínculos con crimen organizado y contrabando de combustible, aunque sin investigación formal. Sheinbaum ha dicho que Hacienda y la Secretaría Anticorrupción tienen información sobre Olán y que la FGR debe actuar si hay elementos, mientras la fiscalía ha señalado en distintos momentos que no hay indagatoria abierta contra Andy.
La defensa de Adán Augusto no confronta ni uno de esos señalamientos documentados: se reduce a la amistad de la infancia y a descalificar todo como “campaña mediática”. Es el patrón de siempre en este círculo: se cubren entre sí, se exige “evidencia científica” mientras las carpetas no avanzan, y el entorno que creció al amparo del poder se presenta como víctima. Mientras tanto, los contratos, los audios y la fuga de Olán siguen ahí, sin que la “honestidad” que se proclama se someta al escrutinio que cualquier ciudadano ordinario enfrentaría.
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