Análisis: Nace "Morenita", la fracción de la 4T que se deslinda de AMLO y sólo sigue a Sheinbaum
Sheinbaum y su equipo no buscan confrontar abiertamente a AMLO, pero construyen autonomía para evitar que el partido siga siendo un apéndice de Palenque.
Análisis.- La semana del 9 al 15 de febrero de 2026 se perfila como un punto de inflexión crítico para la Cuarta Transformación (4T) y Morena. Lo que comenzó como una acumulación de escándalos aislados —lujos ostentosos de figuras como Gerardo Fernández Noroña, Memo Herrera y Cynthia del Rivero que contradicen el mantra de austeridad; el pleito público entre Ricardo Monreal y Layda Sansores; la detención del alcalde morenista de Tequila, Jalisco, por nexos con el CJNG; y los ecos persistentes de corrupción en casos como Adán Augusto López— se convirtió en una tormenta perfecta que expuso, y posiblemente aceleró, una fractura estructural profunda en el movimiento. En el centro de esta crisis destacan cuatro elementos clave: la destitución dramática de Marx Arriaga de la SEP, el lanzamiento del libro “Ni venganza ni perdón” de Julio Scherer Ibarra, la supuesta reunión en Palenque con AMLO y figuras radicales, y, como consecuencia directa del resquebrajamiento de Morena, el nacimiento de “Morenita”, una fracción o núcleo paralelo que busca operar bajo el liderazgo exclusivo de Claudia Sheinbaum, desligándose del control obradorista.
El detonante ideológico y simbólico fue la destitución dramática de Marx Arriaga de la SEP el 13 de febrero. Arriaga, emblema del obradorismo radical y artífice de los libros de texto de la Nueva Escuela Mexicana, se atrincheró en su oficina, transmitiendo en vivo un supuesto “desalojo con policías” y acusando a la institución de corrupción y traición al legado de AMLO. La respuesta de Claudia Sheinbaum fue tajante: “Los libros de texto no van a cambiar”, negando cualquier giro ideológico. Pero el episodio reveló una tensión irresuelta: los “radicales” fieles al proyecto original de AMLO perciben en las decisiones de Sheinbaum (o de su equipo, como Mario Delgado) una dilución pragmática del ideario transformador, mientras que el ala pragmática ve en Arriaga un obstáculo para la gobernabilidad y la estabilidad institucional.
A esto se sumó el lanzamiento del libro “Ni venganza ni perdón” de Julio Scherer Ibarra (11 de febrero), que, aunque presentado como una catarsis personal, golpeó directamente al círculo cercano de Sheinbaum. Las acusaciones contra Jesús Ramírez Cuevas —de impulsar un “decretazo” clientelar por 27 mil millones de pesos a favor de extrabajadores de Luz y Fuerza, o de vínculos con el “rey del huachicol”— fueron desestimadas por Ramírez como un “pasquín inmundo” y un libelo opositor. Sin embargo, el daño estaba hecho: el libro reforzó la narrativa de que el poder en la 4T ha estado permeado por abusos y pactos opacos, erosionando la legitimidad moral del movimiento y alimentando divisiones entre quienes defienden el legado puro de AMLO y quienes buscan adaptarlo a una nueva realidad presidencial.
En este contexto de ruido mediático, autocríticas internas (como las advertencias de Monreal sobre la necesidad de unidad) y percepción de descontrol, surge la especulación más audaz: la consolidación de dos bloques irreconciliables dentro de Morena y la 4T. Por un lado, los radicales —encarnados en figuras como Adán Augusto López (recién desplazado), Layda Sansores, Jesús Ramírez (a pesar de su cargo actual), Andy López Beltrán y sectores obradoristas duros— mantienen su lealtad inquebrantable a AMLO. Reportes en redes y columnas opositoras hablan de una reunión en Palenque este fin de semana (alrededor del 14-16 de febrero), donde una comisión de “ultras” habría recibido instrucciones directas del expresidente para “resistir” cualquier cesión de control del partido o dilución ideológica. Palenque, como símbolo de poder paralelo, representa la resistencia de este grupo a lo que perciben como un viraje moderado o “traidor” bajo Sheinbaum.
Por el otro lado, los moderados —alineados con la presidenta, priorizando gobernabilidad, ajustes institucionales y pragmatismo electoral— parecen estar construyendo un espacio propio. Aquí entra el rumor de “Morenita”, una fracción o microestructura informal (posiblemente inspirada en figuras como Alfonso Ramírez Cuéllar, exdirigente de Morena y cercano a Sheinbaum en el pasado) que operaría como un núcleo paralelo para manejar lo electoral de la 4T rumbo a 2027. No sería un partido nuevo formal, sino una corriente o “mesa de operación” desligada del control obradorista radical, enfocada en candidaturas estatales, reformas pendientes y alianzas pragmáticas con PT y PVEM (a pesar de sus resistencias a recortes plurinominales). Esta “Morenita” simbolizaría el deslinde definitivo: Sheinbaum y su equipo no buscan confrontar abiertamente a AMLO, pero construyen autonomía para evitar que el partido siga siendo un apéndice de Palenque.
Esta división no es mera especulación conspirativa; se sustenta en patrones observables. La semana mostró que Sheinbaum puede imponer destituciones (Arriaga) y respuestas públicas (sobre los libros), pero no logra silenciar del todo las resistencias ideológicas ni los ecos de escándalos que benefician narrativas de “narcopartido” o hipocresía. Los radicales, atrincherados en el legado moral y la figura carismática de AMLO, mantienen capacidad de movilización y veto simbólico; los moderados, con el poder ejecutivo, controlan el aparato pero arriesgan perder el alma del movimiento.
Si esta fractura se consolida, las consecuencias para 2027 serían profundas: una Morena bipolar podría fragmentar votos en estados clave, complicar la reforma electoral y abrir grietas que la oposición (aún debilitada) podría explotar. “Morenita” nacería no como ruptura total, sino como evolución pragmática: la 4T ya no sería monolítica bajo AMLO, sino un proyecto que, para sobrevivir, debe desprenderse parcialmente de su fundador. Irónicamente, el movimiento que prometió unidad y regeneración podría terminar reproduciendo las viejas lógicas de faccionalismo que tanto criticó. La pregunta es si Sheinbaum logrará domesticar a los radicales sin perder su base, o si Palenque seguirá dictando el ritmo real del poder. Por ahora, la semana que termina marca el inicio visible de esa tensión irresuelta.



