CDMX.— Este jueves el Consejo General del INE formaliza el inicio de la carrera hacia el 6 de junio de 2027, cuando se renovarán la Cámara de Diputados, 17 gubernaturas, 31 congresos locales y ayuntamientos en 30 entidades: más de 21 mil cargos. El calendario es legal. El ambiente no. La oposición llega convencida de que el árbitro ya no es árbitro, y el propio instituto entra a la temporada sin su jefa operativa. Claudia Arlett Espino presentó el miércoles su renuncia irrevocable a la Secretaría Ejecutiva, el engranaje que hace funcionar casillas, padrones, PREP y logística. El motivo oficial: salud y la carga de una elección concurrente. El mensaje político: otra vez se rompe el equipo de Guadalupe Taddei justo cuando más se necesita continuidad.
No es un relevo aislado. En tres años y medio, la Secretaría Ejecutiva ha sido un torniquete: encargados de despacho, interinos y titulares que no duran. Tras dos intentos fallidos de sentar a Flavio Cienfuegos, Taddei logró colocar a Espino a finales de 2024. Dos años después, se va. En su lugar queda, otra vez como encargado, Roberto Carlos Félix López, colaborador cercano de la presidenta del Consejo desde Sonora. La reforma que Morena impulsó le dio a Taddei facultades para nombrar titulares sin los ocho votos que antes exigía la ley. Menos contrapeso interno, más poder en una sola silla. Esa es la arquitectura con la que el INE abre el proceso.
La oposición no espera a la ceremonia para decirlo. Alejandro Moreno acusó captura del instituto por el partido en el gobierno y mantiene su denuncia ante el Departamento de Estado de Estados Unidos contra consejeros a los que atribuye “solapar” a Morena. Ricardo Anaya, desde el PAN, habla sin eufemismos de un piso que no está parejo. En Movimiento Ciudadano y Somos las reservas se llevarán este mismo jueves a la sesión. El Consejo, de once integrantes, ya no opera como colegio: un bloque mayoritario alineado con Taddei y una minoría —Martín Faz, Arturo Castillo y Carla Humphrey— que vota en contra y denuncia erosión de la autonomía. Esa fractura no es un detalle de acta. Es el termómetro de si las reglas se van a aplicar o a administrar.
El descrédito no nació ayer. En agosto de 2024 el instituto avaló una asignación de plurinominales que consolidó sobrerrepresentación para Morena, PVEM y PT. En 2025 validó la elección judicial pese a irregularidades que las propias áreas operativas documentaron —boletas sin doblez incluidas—. Cada resolución de ese tipo no “cierra” un expediente: abre otra capa de duda sobre si el INE todavía puede decir que no al poder que lo financia y lo reforma.
Y en vísperas del pistoletazo, un gesto que parece cosmética y no lo es. La Junta General Ejecutiva sustituyó el rosa institucional —marca visual del IFE/INE desde hace más de dos décadas— por una paleta de lilas. Taddei lo defendió como actualización técnica y como consecuencia de “haber perdido el rosa”, y negó cualquier parentesco con un gobierno o un partido. El problema es político, no pantone: el lila/morado es el color con el que Clara Brugada ha teñido la identidad visual de la Ciudad de México. Cambiar el distintivo del árbitro federal, a horas de abrir el proceso, por el tono que identifica a una jefa de Gobierno de Morena no es un detalle de manual de identidad. Es una señal. En un instituto acusado de plegarse al oficialismo, hasta el color se vuelve evidencia circunstancial.
Sobre el dinero también hay pulso. El INE advirtió que una megaelección de esta escala no se organiza con recortes a ciegas. El Paquete Económico 2027 contempla alrededor de 42 mil 275 millones de pesos para el instituto —un salto fuerte respecto a 2026—, pero la cifra, el calendario de ministración y lo que todavía pueda recortar la mayoría en San Lázaro siguen en disputa. Organizar más de 21 mil cargos no es un PowerPoint. Es padrón, capacitación, materiales, seguridad de la cadena de custodia y sistemas que no pueden fallar la noche del 6 de junio. Si el presupuesto se usa como palanca, la desconfianza deja de ser discurso y se vuelve riesgo operativo.
2027 no es una intermedia cualquiera. Morena y sus aliados se juegan la mayoría en San Lázaro y una porción enorme del mapa estatal. La oposición se juega sobrevivir como alternativa real de cara a 2030. En ese tablero, el INE debía ser el único actor al que nadie le debiera el resultado. Llega, en cambio, con secretaría ejecutiva interina, consejo partido, resoluciones previas bajo sospecha y una identidad visual que, por coincidencia o por cálculo, se parece demasiado al color de Brugada.
La ceremonia de este jueves puede cantar el himno y firmar el acuerdo de inicio. Lo que no puede hacer es borrar el dato de partida: el proceso electoral mexicano de 2027 nace, primero, de la desconfianza.



