CDMX.- El diputado federal y vocero de Morena, Arturo Ávila, se bajó de la pelea por la alcaldía Cuauhtémoc rumbo a 2027 y se alineó con Citlalli Hernández, presidenta de la Comisión Nacional de Elecciones de su partido. Lo anunció en entrevista y lo presentó como un gesto de “unidad” para recuperar una demarcación que hoy gobierna Alessandra Rojo de la Vega. Hasta pidió a otros morenistas que le dejen el camino libre. Lo que no dijo con la misma claridad es que esa declinación llega después de meses en los que su propio nombre no generaba consenso interno y de reportes de que en Palacio Nacional y en el gobierno capitalino ya se buscaba sacarlo de la contienda.
Ávila carga el mote de “cero votos” porque no ha ganado una elección de mayoría: sus intentos en Aguascalientes se quedaron en eso, intentos. Aun así, en junio se destapó para Cuauhtémoc, habló de encuestas a modo y se plantó como el hombre que iba a “recuperar” la alcaldía. Tres meses después se corre y propone, sin siquiera haberlo consultado con ella, que la encargada de definir candidaturas del partido sea también la abanderada. Esa no es una ocurrencia menor: es el operador electoral del movimiento perfilándose como candidata en una de las alcaldías más simbólicas de la capital. Ya hay pintas con sus iniciales en Buenavista. La coincidencia es demasiado cómoda para venderla como espontánea.
Lo que queda a la vista no es un proceso competitivo. Es un acomodo. Un legislador sin triunfo territorial cede el paso a la jueza de las candidaturas y el partido lo llama consenso. Si Morena quiere recuperar Cuauhtémoc, tendrá que explicarle a la gente por qué el primer movimiento no es un perfil con arraigo, sino una pieza de la cúpula que todavía no confirma si va o no. Mientras tanto, Rojo de la Vega ya trabaja su reelección. En esa alcaldía, el discurso de unidad suena menos a estrategia y más a un recado: primero se decide arriba, después se consulta abajo.
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