Hablar de soberanía cuando el 97% de las remesas sale de Estados Unidos, cuando ese país compra 8 de cada 10 dólares que México exporta, cuando dos de cada tres turistas internacionales son estadounidenses y cuando casi 4 de cada 10 dólares de inversión extranjera directa vienen del mismo vecino, no es doctrina de Estado: es un eslogan.
En 2025 las remesas fueron 61,791 millones de dólares; el comercio bilateral, 872,834 millones; las ventas mexicanas a Estados Unidos, 534,874 millones; la IED estadounidense, 15,877 millones de un total récord de 40,871. El turismo internacional dejó cerca de 35,000 millones, con Estados Unidos como mercado dominante.
Con esa anatomía económica, el discurso de “México no se doblega, no se arrodilla y no se vende” no tumba a Washington: tumba la seriedad del propio gobierno. No hay soberanía económica. Hay una caja registradora del norte y un relato del Zócalo. Y ese relato, en la práctica, sirve menos para independizar al país que para cubrirse ante la presión estadounidense en seguridad, aduanas y crimen organizado, mientras el poder político prioriza no tocar redes, complicidades y omisiones que el país paga todos los días en sangre y en credibilidad.
Eso no significa que México sea colonia. Significa que la palabra se está usando al revés. La soberanía jurídica existe: hay Constitución, hay gobierno, hay territorio. La soberanía que Sheinbaum exhibe en el Grito y en el desfile —“no es ni será colonia ni protectorado”, “la soberanía no se negocia, no se entrega y no se comparte”— es otra cosa: una cortina. Se invoca para marcar distancia “sutil” con Estados Unidos justo cuando ese país exige más inspección, más cooperación contra el fentanilo y menos tolerancia con el crimen que opera sobre el mismo territorio que el gobierno dice defender. Negociar con dignidad es legítimo. Convertir la dignidad en pretexto para no rendir cuentas por la captura territorial de cárteles y por la protección política de operadores locales no es patriotismo. Es cálculo.
Las remesas lo dejan en evidencia cruda. Ese flujo ya no es un dato sentimental de “paisanos que mandan para la casa”. Es la principal inyección neta de dólares de los hogares pobres y de clase media baja. Superó con holgura al petróleo —unas 21,000 millones en exportaciones petroleras frente a casi 62,000 en remesas— y también al turismo y a la IED. Cerca del 3.4% del PIB entra por transferencias electrónicas que dependen del empleo, las redadas, el tipo de cambio y la política migratoria de Estados Unidos. Si mañana se endurece el mercado laboral o el envío, no hay himno que sustituya esos cheques. El gobierno celebra migrantes en el Grito porque necesita su dinero y su símbolo. No porque haya construido una economía capaz de emplearlos aquí.
El turismo replica la misma asimetría. 47.8 millones de turistas internacionales en 2025 y casi 35,000 millones de dólares no hacen a México una potencia turística “soberana”. Hacen a México un destino cuya demanda se concentra en un solo país. Dos tercios de los visitantes y alrededor del 64% de quienes llegan por aire son estadounidenses. Cancún, Los Cabos y Puerto Vallarta no se “apartan” de Estados Unidos: viven de él. Diversificar Canadá, Europa o Asia es un deseo de secretaría. El balance real sigue siendo un mercado cautivo.
El comercio es todavía más definitivo. México no “elige” a Estados Unidos como socio: está encadenado a él. El 82-83% de las exportaciones van allá. Automotriz, electrónico, eléctrico, agroindustria: cadenas norteamericanas con planta en territorio mexicano. El superávit bilateral récord —casi 197,000 millones a favor de México en la contabilidad estadounidense de 2025— no es un acto de independencia. Es la prueba de que el aparato productivo mexicano está diseñado para venderle al mismo país del que el discurso pretende distinguirse. Sin T-MEC, sin acceso preferente, sin esa demanda, el modelo se cae. El resto es literatura de palacio.
La inversión confirma el patrón. Estados Unidos sigue siendo el primer inversionista, con 38.8% de la IED. Norteamérica concentra casi la mitad. Gran parte no es “nuevo país industrial soberano”: es reinversión de empresas ya instaladas y relocalización para seguir vendiendo al mercado estadounidense. En electrónicos, México importa chips, pantallas, celulares y partes de Asia y de Estados Unidos, ensambla y reexporta. Más del 95% de los insumos de cómputo y electrónicos “hechos en México” son extranjeros. El dispositivo con el que el ciudadano ve el Grito, paga, se informa y se entretiene no es soberano. Es infraestructura ajena con etiqueta de ensamble.
Hasta la cultura de masas desmiente el relato. En 2025 la taquilla fue de 14,983 millones de pesos. El cine mexicano aportó 653 millones, 4.4%. 203 millones de boletos; 9 millones para películas nacionales. Las diez más vistas fueron de Hollywood. Lilo y Stitch sola juntó 17.3 millones de asistentes. No se trata de prohibir a Disney. Se trata de dejar de hablar como si el país controlara siquiera el imaginario que consume el fin de semana.
La pregunta, entonces, no es si Sheinbaum “ataca sutilmente” a Estados Unidos. La pregunta es para qué sirve ese ataque. No sirve para sustituir remesas, turismo, exportaciones ni tecnología. Sirve para sostener una postura: cooperación sí, subordinación no; diálogo sí, injerencia no. En abstracto suena razonable. En concreto, coincide con la zona más sensible del gobierno: seguridad, aduanas, fentanilo, gobernadores, fiscales, policías y redes locales donde el crimen no opera en el vacío. Washington presiona porque ve un Estado que no controla trozos enteros de su territorio. Palacio responde con soberanía. El ciudadano, entre tanto, vive la evidencia diaria: homicidios, extorsión, combustible robado, puertos opacos, campañas caras y una clase política que trata cualquier escrutinio externo como agravio nacional.
Ahí está lo ocioso del discurso. Un país puede ser políticamente independiente y económicamente dependiente. México lo es. Lo que no puede es fingir lo segundo para tapar lo primero. No hay soberanía económica mientras el dólar de la familia, del hotel, de la planta y del celular pase por Estados Unidos. Y hay algo peor que esa dependencia: usarla como telón mientras se defiende, por acción u omisión, a una casta que ha hecho del poder un refugio. El himno no lava balanzas. Las cifras tampoco perdonan relatos. México no se vendió en un mapa de Trump. Se amarró, hace décadas, a una economía de enclave con el mercado estadounidense. Negarlo en el Zócalo no emancipa al país. Solo protege a quienes necesitan que “soberanía” signifique: no nos toquen.




