CDMX.- Claudia Sheinbaum se cansó. El jueves, en la mañanera, zanjó el caso del senador Enrique Inzunza con la frase de quien ya no quiere más preguntas: “Ya he hablado como tres veces de eso… ya di mi opinión, pero finalmente decide la persona”. Cada quien, dijo, es responsable de sus actos. Punto. Pasó la página.
El detalle es que Inzunza no es un tema menor. Forma parte de los diez señalados por el Departamento de Justicia de Estados Unidos por presuntos vínculos con una facción del Cártel de Sinaloa. Volvió al Senado, se declaró independiente —pero prometió seguir votando las iniciativas de la presidenta— y la Fiscalía mexicana mantiene una investigación que, hasta ahora, no se ha traducido en consecuencias públicas equivalentes al tamaño de la acusación. Sheinbaum ya había calificado de “imprudente” el regreso de Rubén Rocha a la gubernatura de Sinaloa y dijo que pensaba lo mismo de los diez casos. Días después, el discurso se diluyó: responsabilidad individual, soberanía, “que presenten pruebas”. Y silencio.
Ahora compare esa prisa por cerrar el micrófono con el otro expediente favorito de Palacio: Genaro García Luna. Ahí no hay fatiga. “¿Por qué no hablan de García Luna?” es el estribillo que Sheinbaum saca cuando le tocan a los suyos. El 28 de agosto todavía pedía que se hablara de él en lugar de las acusaciones de “narcogobierno” contra administraciones morenistas. Lo ha llamado “personaje nefasto”, ha pedido mañaneras especiales y ha convertido su condena en Estados Unidos —y el esquema de corrupción que documentó la UIF— en pieza de repertorio. El caso ya se juzgó, se condenó y se recicló mil veces. Da igual: hay que repetirlo.
La lógica presidencial queda así: si el acusado es del sexenio anterior, nunca es suficiente; si el acusado está en la bancada —o acaba de salirse para no mancharla—, tres menciones bastan y sobran. García Luna sirve para explicar el pasado. Inzunza y Rocha, para no explicar el presente.
No hace falta inventar la incongruencia. Está en las propias versiones estenográficas. El “ya se dijo todo” es selectivo. Y la selectividad, en política, rara vez es inocente.
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