CDMX.- Este jueves 3 de septiembre no se cayó “la inteligencia”. Se cayeron, casi al unísono, ChatGPT de OpenAI, Claude de Anthropic y Grok de xAI, con picos de reportes en DownDetector y avisos oficiales de errores elevados o servicio interrumpido. Gemini, de Google, también concentró quejas de usuarios, aunque la compañía no emitió el mismo reconocimiento formal que sus rivales. Lo raro no fue que una plataforma fallara —eso ya es rutinario—, sino que varias competidoras se atascaran en la misma ventana horaria y dejaran a media oficina, media redacción y medio estudiante sin el oráculo de bolsillo.
El episodio dura horas, no una era. OpenAI llegó a marcar mitigación y recuperación; Anthropic fue recortando modelos afectados; Grok exhibió el aviso de que “está experimentando problemas”. Aun así, el daño simbólico es más duro que el técnico: millones descubrieron que su productividad ya no depende de pensar, sino de que un centro de datos lejano no tosa. Herramientas como Cursor se arrastraron detrás, porque también viven de esas APIs. La industria vende autonomía y “infraestructura crítica”; lo que se vio fue un oligopolio de nubes, APIs y promesas compartidas. Si tres marcas enemigas se caen juntas, el cuello de botella no es la genialidad del modelo: es el andamiaje.
La crítica no admite poesía. Mientras se especula con el próximo gran modelo de OpenAI y se habla de sistemas cada vez más capaces, el usuario común se queda frente a un recuadro en blanco y un “something went wrong”. Eso no prueba que la IA “haya muerto”. Prueba algo peor: que se la ha vendido como cerebro sustituto cuando todavía es un servicio frágil, centralizado y adictivo. Hoy no cayó la inteligencia artificial. Cayó la ilusión de que ya podíamos prescindir de la propia.
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