CDMX.- En Pino Suárez, en pleno Centro Histórico, Don Daniel —un vendedor de la tercera edad de gorditas de nata— aparece en un video grabado por una clienta, @elizabethdelac279, llorando y, aun así, envolviendo el producto. No está pidiendo limosna. Está despachando. Lo corrieron de su punto habitual y él dice que lo intimidaron para que abandonara el espacio público donde se ganaba la vida.
El propio comerciante relató que “el señor de a la vuelta, el wey ese del hotel”, le “avienta unos manazos” por vender ahí. El resultado: un hombre mayor humillado, con la voz quebrada, mientras clientes lo consuelan e increpan a quienes lo hostigaron. Hasta ahora no hay pronunciamiento público de la alcaldía ni de Seguridad Ciudadana. El video se viralizó; la autoridad, no.
Ese silencio no es un detalle: es la noticia de fondo. En Pino Suárez el ambulantaje se “libera” un martes y reaparece el domingo; hay operativos, golpes, reordenamientos y promesas, pero el adulto mayor que vive del comal queda expuesto a que un establecimiento fijo decida, a gritos o con miedo, quién puede pararse en la banqueta. La solidaridad de redes —buscarlo para comprarle— tapa por un rato la vergüenza. No tapa esto: en la capital se presume “derecho a la ciudad” y se deja que un trabajador de la tercera edad llore sobre la plancha porque a alguien le estorbó el puesto. Si le dieron manazos para correrlo, eso ya es agresión. Y aunque “solo” lo hayan empujado a golpes y a gritos fuera de su punto, el abuso queda igual de claro. En cualquiera de los dos casos, el Estado llegó tarde… o no llegó.
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