¡El fiasco del siglo! De 5.5 millones de turistas prometidos, solo llegaron 175 mil: el Mundial que le costó caro a México
La derrama económica se ubicó entre 45 y 50 mil millones de pesos, por debajo de los 65 mil millones esperados, según datos de hoteleros y Concanaco Servytur
CDMX.- El gobierno federal y la jefa de Gobierno de la CDMX vendieron el Mundial 2026 como una máquina de generar riqueza y visitantes. Claudia Sheinbaum y Femexfut prometieron 5.5 millones de turistas adicionales —nacionales y extranjeros— entre las sedes de Ciudad de México, Guadalajara y Monterrey. La realidad, según el estudio del Centro de Investigación Avanzada en Turismo Sostenible (STARC) de la Universidad Anáhuac y reportes de hoteleros citados por Reforma y analistas como Pepe Yuste, fue de apenas 175 mil turistas internacionales adicionales. México organizó solo 13 partidos en tres ciudades; el resto del torneo se jugó en Estados Unidos y Canadá. El contraste es brutal: se preparó una fiesta de multitudes que terminó siendo un evento modesto.
La derrama económica tampoco cumplió las expectativas oficiales de 65 mil millones de pesos. Estimaciones de Concanaco Servytur la ubican entre 45 mil y 50 mil millones, una cifra respetable pero muy por debajo de lo anunciado y del impacto de eventos más cortos como la Fórmula 1, que genera alrededor de 20 mil millones en apenas tres días. El gobierno invirtió miles de millones en infraestructura —incluidas remodelaciones del Metro en CDMX— justo antes del torneo. Según Reforma, la rehabilitación de seis estaciones de la Línea 2 quedó en manos de empresas vinculadas a la jefa de Gobierno Clara Brugada y al director del STC, Adrián Rubalcava, por contratos que superan los 200 millones de pesos.
Este episodio resume una gestión que priorizó la narrativa sobre los resultados. Se gastó dinero público en obras con posibles tintes de favoritismo, se inflaron cifras para generar expectativa política y al final el saldo es un turismo internacional marginal, una derrama modesta y la sensación de que otra vez el ciudadano pagó la cuenta de un evento que no rindió lo prometido. La pregunta que queda flotando es directa: ¿quién responde por los recursos invertidos y por qué se sigue vendiendo como éxito lo que los números desmienten con claridad?



