CDMX.- Luisito Comunica no descubrió un meme. Encontró anuncios —toscos, sí, pero diseñados para parecer oficiales— en los que una copia suya hecha con inteligencia artificial recita logros del segundo Informe de Gobierno de Claudia Sheinbaum. Nadie le pidió permiso. Lo dijo en sus historias de Instagram el 12 de septiembre: la gente se los cree, la IA “ni ganas le echa” y el mismo Estado que habla de regular la inteligencia artificial usa rostros de mexicanos para hablar bien de sí mismo.
Los clips salieron de una cuenta llamada Conversación Pública. Llevaba logotipos del gobierno, el sello de “pagado por” y cifras del discurso oficial —entre ellas, 42 millones 860 mil 296 derechohabientes de programas del Bienestar—. También apareció, según el material que el propio youtuber mostró, la imagen de Kenia OS. Horas después de la denuncia, esa cuenta dejó de estar visible. Ninguna dependencia ha dicho “sí, es nuestro”. Ninguna ha dicho “no lo es”. El silencio, en política, también es un mensaje.
El golpe no es solo estético. Sheinbaum entregó su segundo informe el 1 de septiembre. Semanas después, la máquina de difusión no discute cifras verificadas: pone a un famoso a repetirlas con una boca que no es la suya. Verificado ya había desmenuzado ese informe y encontró verdades, falsedades e imprecisiones mezcladas. La propaganda con deepfake no corrige eso: lo maquilla. Y lo hace con la cara de alguien que, precisamente, no se prestó.
La contradicción es brutal. Este año el Congreso reformó la ley de derechos de autor para frenar la clonación de voz e imagen con IA. La protección quedó, sobre todo, para intérpretes; la de la gente común se recortó en el camino. El gobierno avisa contra fraudes que usan la cara de la presidenta y, al mismo tiempo, circulan spots con branding oficial que clonan a creadores. Si el laboratorio es estatal, es un abuso de poder. Si no lo es, es peor: alguien opera con los símbolos del Estado, desaparece la cuenta y Palacio no se deslinda.
Luisito no se vendió de opositor de última hora. Dijo que hay cosas de la presidenta que le gustan. También anticipó lo que suele seguir a este tipo de denuncias: linchamiento digital, “vendido”, “odia a México”. Ya hubo choques antes —Teuchitlán, la violencia de febrero, la frase presidencial de que “la mitad” de lo que dicen los influencers es mentira—. Eso no autoriza a convertir su rostro en locutor del informe.
Lo grave no es que un youtuber se enoje. Lo grave es que el poder trate la identidad de la gente como inventario de campaña. Si mañana el clip es de un maestro, un médico o un familiar, el principio es el mismo: sin consentimiento, con logos oficiales y con la cuenta ya borrada. Quien regula la IA no puede usarla para poner palabras en boca de quien no las dijo. Y si no fue el gobierno, que lo pruebe. Hasta ahora, solo se esfumó la evidencia.
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