¡El gran fiasco del Tren Maya! Dos años después: boletos que nadie compra, hoteles fantasmas y un ecocidio que nadie repara
El Tren Maya: el elefante blanco que devoró miles de millones y dejó solo ruinas ecológicas
CDMX.- Dos años después de su inauguración, el megaproyecto estrella de Andrés Manuel López Obrador se desmorona en silencio. Según una investigación de Reuters, las ventas de boletos son bajas, los seis hoteles construidos a lo largo de la ruta permanecen casi vacíos y las comunidades mayas locales reportan pocos beneficios reales. DW Español lo resume sin rodeos: ni desarrollo ni beneficios para quienes prometieron transformar el sureste.
El costo oficial rondó los 25 mil millones de dólares. Un tren que, en la práctica, obliga a los turistas a tomar taxis caros para llegar a estaciones mal ubicadas, mientras los precios de los boletos resultan prohibitivos para la mayoría. Los hoteles, construidos con bombo y platillo, no llenan ni la mitad de su capacidad. Y las comunidades indígenas, que supuestamente iban a ser las grandes ganadoras, siguen esperando el “despegue” que nunca llega.
Lo más grave no es solo el fracaso económico. Es el ecocidio documentado: millones de árboles talados en la selva maya, cenotes contaminados con cemento y óxido, acuíferos en riesgo de colapso y daños irreversibles a la biodiversidad y al patrimonio arqueológico. Expertos y habitantes locales lo denunciaron desde el principio; el gobierno lo ignoró bajo el argumento de que “no se caería ni un árbol”. Hoy la evidencia es irrefutable y perdurará por generaciones.
Este no es un caso aislado de mala planeación. Es el resultado predecible de un proyecto faraónico impuesto sin estudios serios de rentabilidad, impacto ambiental ni viabilidad turística real. Se priorizó el relato político sobre cualquier análisis técnico. Mientras tanto, el erario público subsidia pérdidas millonarias —según críticas recurrentes en redes y reportes, por cada peso que ingresa, el gobierno pone decenas más—.
El Tren Maya se suma a la lista de obras emblemáticas de la 4T que terminan como elefantes blancos: prometen grandeza popular y entregan despilfarro, corrupción en contratos (señalando a familiares y cercanos) y destrucción ambiental sin contrapeso. Dos años después, la realidad es cruda: un tren que casi nadie usa, hoteles fantasmas y una selva herida de muerte.
Lo que duele no es solo el dinero tirado. Es la soberbia de creer que un capricho presidencial puede sustituir a la planeación seria, los estudios independientes y el respeto al territorio. El sureste mexicano merecía desarrollo real, no un tren que hoy simboliza, más que progreso, el costo brutal de gobernar con slogans en vez de con datos.
La factura la pagamos todos. Y la selva, para siempre.



