CDMX.- Alberto Anaya, dirigente nacional del Partido del Trabajo, confirmó este 21 de octubre que las negociaciones con Morena para definir las candidaturas a las 17 gubernaturas de 2027 están pausadas. El motivo, según el petista, son los desacuerdos internos del partido guinda, que aún no resuelve sus pugnas entre corrientes. Anaya reiteró su respaldo a Raúl Morón para Michoacán —donde Morena designó a Carlos Torres Piña como coordinador— y dejó abierta la puerta a postularlo por el PT si acepta. Al mismo tiempo, acusó al gobierno de usar la Unidad de Inteligencia Financiera (UIF) con fines políticos tras el congelamiento de cuentas de Gerardo Sánchez Zumaya, el empresario que el PT impulsaba en San Luis Potosí.
El caso Zumaya no es menor. El empresario potosino, vinculado a contratos millonarios con Pemex y señalado en investigaciones periodísticas por operaciones irregulares y posibles esquemas de facturación falsa (huachicol fiscal), había sido rechazado por Morena y buscó cobijo en el PT. Reginaldo Sandoval, coordinador del PT en San Lázaro, ya había confirmado el bloqueo de sus cuentas y de su entorno familiar y empresarial; Zumaya terminó abandonando la contienda. Anaya presenta el episodio como persecución política, pero el expediente del aspirante ya cargaba con denuncias y cuestionamientos públicos desde antes de la intervención de la UIF.
Lo de Anaya revela la fragilidad real de la “coalición de la 4T”. El PT, que no obtuvo ninguna de las coordinaciones estatales y ha denunciado maltrato y procesos opacos, ahora amenaza con competir por separado en entidades clave como Michoacán. No es la primera vez que el partido de Anaya amenaza con romper y luego cede espacios; sin embargo, la acusación directa de uso político de la UIF eleva el tono y deja en evidencia que las diferencias ya no se limitan al reparto de candidaturas. Mientras Morena concentra el poder y resuelve sus internas a su manera, el PT exige más y amenaza con lastimar la unidad oficialista justo cuando se acercan las elecciones intermedias. La alianza sigue viva, pero cada día se parece más a una negociación de cuotas que a un proyecto político compartido.
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