CDMX.- El senador Adán Augusto López Hernández no se quedó en su lugar. El 2 de septiembre de 2026 caminó hasta el escaño de Enrique Inzunza Cázarez, el legislador sinaloense que Estados Unidos acusa de conspirar con Los Chapitos del Cártel de Sinaloa para proteger tráfico de fentanilo, cocaína y metanfetamina a cambio de apoyo político, y lo saludó de frente. Inzunza, ausente 124 días, se declaró “independiente” y “verídicamente inocente”, pero el gesto de Adán Augusto —y el de Gerardo Fernández Noroña— echa por tierra la pantalla de que la bancada de Morena “tomó distancia”. Es el mismo Adán Augusto que Sheinbaum dice ya no consultar para temas legislativos porque dejó la coordinación. La distancia es de discurso; el saludo es de complicidad.
Inzunza no es un extraño en el círculo. Fue secretario de Gobierno de Rubén Rocha Moya, también acusado en el mismo expediente de la Fiscalía del Distrito Sur de Nueva York por reuniones con líderes del cártel y por pactar el control de la policía estatal. Llegó al Senado en 2024 como pieza clave de la reforma judicial y de la Comisión de Estudios Legislativos. Ahora cobra dieta y prerrogativas, se declara inocente y exige que la FGR cierre el caso, mientras Lilly Téllez lo señala en tribuna como “narcosenador”. El partido que prometió acabar con la impunidad lo recibe con abrazos en el recinto que debería ser el primero en exigir cuentas.
Esto no es un error de protocolo. Es la confirmación de que en Morena el fuero y la lealtad pesan más que las acusaciones de un gobierno extranjero y que las propias investigaciones mexicanas. Sheinbaum aclara que Adán Augusto ya no es su interlocutor legislativo; Adán Augusto responde yendo a buscar al señalado. El mensaje es claro: la transformación se detiene cuando el acusado es de los suyos. El Senado no es un paredón, dicen. Tampoco parece un lugar donde se rinda cuentas.
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