Claudia Sheinbaum se está dando un tiro en el pie. Al insistir en que el INE es un sistema completamente podrido desde hace 24 años, está poniendo bajo sospecha las dos elecciones que cimentaron el poder de la 4T: la de López Obrador en 2018 y la suya propia en 2024. Ambas fueron organizadas por ese mismo instituto que ahora describe como corrupto de pies a cabeza. No hay forma de escapar de esa conclusión.
El marco temporal que ella elige no es inocente. Culpa a consejeros y funcionarios del pasado y asegura que Guadalupe Taddei no es un personaje impulsado ni avalado por Morena. El objetivo es claro: deslindarse de las irregularidades en contrataciones y proveedores que hoy se investigan. Pero el precio de esa operación es alto. Si el INE lleva un cuarto de siglo podrido, entonces los resultados que Morena defendió durante años como legítimos, contundentes e irreversibles también salieron de un aparato corrupto. No se puede elegir solo la parte de la historia que conviene.
Durante todo el sexenio anterior, y todavía en la campaña de 2024, la narrativa oficial fue otra. El triunfo de 2018 se presentó como el momento en que el pueblo había derrotado al sistema. El de 2024, como la confirmación histórica de ese mandato. Nadie en Morena cuestionó entonces la capacidad del INE para contar votos ni la legitimidad de los márgenes. Al contrario: se defendió con firmeza que las actas, los cómputos y la participación de representantes de partido habían producido resultados incuestionables. Hoy, cuando resulta políticamente útil atacar a consejeros anteriores o justificar reformas, el mismo instituto se convierte en un aparato podrido desde hace 24 años.
La pregunta es simple y no admite respuestas elusivas: si el INE era tan corrupto como para fabricar dos victorias históricas de la 4T, ¿por qué Morena pasó años defendiendo la legitimidad de esos resultados? Y si no lo era, ¿por qué ahora se afirma que todo está podrido desde hace 24 años?
Sheinbaum parece dispuesta a enredarse en esa contradicción con tal de lavarse las manos y las de su movimiento. Prefiere extender la mancha de corrupción hacia atrás, hasta cubrir administraciones anteriores, antes que asumir que los problemas de contratación y conflicto de interés que hoy se señalan ocurrieron bajo la presidencia de una consejera que su coalición ayudó a colocar. El costo de esa operación es exactamente el tiro en el pie: termina poniendo bajo sospecha las dos elecciones que le dieron el poder a Morena.
En política se puede cuestionar proveedores, sobreprecios o favoritismos sin necesidad de declarar que toda la institución es un fraude desde hace décadas. Hacer lo segundo solo para protegerse de lo primero revela hasta dónde se está dispuesto a llegar para no asumir responsabilidades. Si el INE de los últimos 24 años es tan podrido como se dice, entonces las grandes victorias de la 4T también lo son. Y si no lo son, entonces el relato de los 24 años de corrupción absoluta es, simplemente, una narrativa de conveniencia.
La coherencia tiene un precio. Sheinbaum parece haber decidido que no está dispuesta a pagarlo.




