CDMX.- En la mañanera de este jueves, Marcelo Ebrard reconoció sin sonrojarse que su hijo Marcelo Patrick vivió entre seis y ocho meses (2021-2022) en la residencia oficial de la Embajada de México en Reino Unido, justo cuando él era canciller y en plena pandemia. La entonces embajadora Josefa González Blanco le ofreció “tratarlo como un hijo” y hospedarlo en la mejor habitación, con mayordomo, cocinera y personal de limpieza pagados por el erario. El joven, que estudiaba neurociencia tras cursar psicología y medicina en México, se regresó cuando descubrió que las clases eran por Zoom. Ebrard lo resumió en una frase que ya es icónica: “No veo en ello ningún abuso de mi parte”.
Lo grave no es la “preocupación paternal”. Lo grave es el descaro de usar un inmueble y personal diplomático —costeado por todos los mexicanos— como hotel particular de lujo en una de las zonas más caras de Londres. Fuentes de la propia embajada y reportajes de EL PAÍS y Latinus confirman que el hijo estuvo ahí con todos los servicios incluidos, incluso antes de que llegara Josefa. No fue un “favor inocente”: fue privilegio puro con cargo al presupuesto público, mientras el resto de los mexicanos lidiábamos con restricciones, vacunas y la crisis económica.
Esto no es austeridad republicana, es la mafia del poder en su máxima expresión. Morena, que tanto gritó contra los “fifís” y los “privilegios”, ahora normaliza que los hijos de sus secretarios vivan como príncipes a costillas del pueblo. Ebrard no solo abusó: lo confiesa, lo justifica y encima se victimiza. Si esto no es peculado y tráfico de influencias, ¿qué diablos es? El cinismo ya no tiene límites.
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