CDMX.- El Consulado de Estados Unidos en Nogales cerró el cerco el sábado 5 de septiembre. Por “información sobre amenazas” —sin decir de qué tipo, contra quién ni hasta cuándo— el gobierno estadounidense restringió las actividades y los viajes de su propio personal a movimientos esenciales y sólo de día. A sus ciudadanos les pidió lo de siempre: más precaución, refugiarse si hay un incidente y obedecer a las autoridades mexicanas. Sonora, de paso, sigue en Nivel 3: reconsiderar el viaje. El comunicado oficial no agrega una sola fecha de vigencia ni un objetivo concreto.
La Mesa Estatal de Seguridad de Sonora respondió con lo que ya es un ritual fronterizo: contactaron al consulado, este confirmó la alerta y no entregó ningún detalle que permita hablar de un riesgo específico para la población. Las instituciones de los tres órdenes de gobierno, dijeron, tampoco tienen datos que corroboren la amenaza. Aun así, anunciaron más vigilancia y operativos preventivos. Doce días antes había ocurrido algo similar en Mexicali: primero la alerta opaca, después las autoridades mexicanas hablaron de un posible plan con explosivos contra edificios de gobierno. En Nogales, por ahora, ni siquiera eso.
Lo que queda es el desequilibrio de siempre. Washington actúa sobre inteligencia que no comparte y protege a su gente. El gobierno estatal se ve obligado a decir que no hay amenaza confirmada mientras despliega patrullas para cubrir el hueco. Los que viven y cruzan en Nogales se quedan con una alerta que no explica nada y con una frontera que, una vez más, opera con dos versiones de la misma amenaza.






