CDMX.- El viernes 4 de septiembre Vicente Fox caminó hasta la sede nacional del PRI, se fotografió con Alejandro “Alito” Moreno y habló de un frente opositor rumbo a 2027. Días antes ya se había sentado con Jorge Romero, dirigente del PAN, y con representantes de Somos. El mensaje de ambos lados es el mismo: hay que unirse “por México” y defender instituciones. El lunes, en la mañanera, Claudia Sheinbaum no se contuvo: “Va, se pone corbata roja y llega a las oficinas de Alito. Ahí la llevan, síganle. Van por muy buen camino, el camino del regreso a la corrupción y los privilegios. Fox y Alito juntos: la nueva visión de la política mexicana”. Morena remató que no hay alternativa ciudadana, sino “la reorganización de la mafia del poder” disfrazada con siglas nuevas.
El contexto es brutalmente simple. PRI y PAN andan en un dígito en las encuestas; Morena, entre 35 y 50 por ciento. Fox, el mismo que en 2000 prometió sacar al PRI “a patadas” de Los Pinos y lo llamó “víboras prietas”, ahora se sienta con su dirigencia. Sheinbaum lo señaló sin anestesia: el PAN recurre al expresidente porque sus jóvenes están “muy involucrados con el cártel inmobiliario y escándalos de corrupción”. No hay recambio; hay retroceso. La historia también pesa: pactos con Salinas, el desafuero de AMLO, el 2006 y el Pacto por México de 2012. Siempre que el poder se mueve, los mismos aparecen juntos.
Lo que se presenta como “frente ciudadano” es, en los hechos, el reciclaje de un club que ya gobernó y ya perdió. Cambian el nombre de la organización —Alma de México, Somos— pero los apellidos y los privilegios siguen ahí. Sheinbaum tiene razón en una cosa: mientras ofrezcan el mismo menú de siempre, el electorado que ya los vivió no tiene por qué repetir el plato. La oposición no está construyendo un proyecto; está buscando un disfraz para no desaparecer. Y el gobierno, con la ventaja de las urnas, se dedica a recordárselo todos los días.
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