EU.- Bill Gates avisa que la IA en malas manos puede desatar eventos de mil millones de muertos y pide que el Estado meta la mano porque “nadie cree que la autorregulación baste”. Sam Altman le dice a la ONU que “podríamos perder el control del futuro” si el avance se va más rápido de lo que podemos vigilar. Días después, los mismos nombres se sientan a cenar con Trump y Xi Jinping mientras Microsoft sigue inyectando decenas de miles de millones en centros de datos y Azure, OpenAI sigue entrenando y vendiendo ChatGPT, y la Fundación Gates destina mil millones a “democratizar” esa misma tecnología. No hay pausa real: hay discurso de apocalipsis y, en paralelo, más chips, más modelos y más facturación.
La contradicción no es un desliz. Es el negocio. Si el riesgo fuera tan intolerable como lo pintan, el paso lógico sería detener el entrenamiento de frontera, no pedir que otros los regulen mientras ellos conservan la ventaja. Altman dice que OpenAI “ya ha frenado y volverá a hacerlo”; Gates ya no tiene acciones de Microsoft en la fundación, pero su fortuna, su red y su influencia siguen atadas al ecosistema que ahora describe como arma. Lo que piden no es parar. Es que el Estado les ponga reglas, auditorías y “salvaguardas” para que, si algo explota, la culpa se diluya entre Washington, Pekín y “la industria”.
En México se dice amarrarse el dedo. Eso es lo que están haciendo: cubrirse ante las consecuencias de seguir empujando una herramienta que ellos mismos llaman la más peligrosa de la historia. Quien de verdad creyera en mil millones de muertos o en perder el control del futuro no seguiría construyendo el próximo modelo. Se saldrían. Ellos no salen. Advierten, cenan con presidentes y siguen cobrando.
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