CDMX.- En la comparecencia de Roberto Velasco Álvarez ante el pleno del Senado este 14 de octubre, por la glosa del Segundo Informe de Gobierno, la senadora del PAN Lilly Téllez lanzó una acusación que resume el problema de fondo de la política exterior de Claudia Sheinbaum: “el verdadero canciller en funciones se llama Omar García Harfuch”. No fue un arrebato retórico. Harfuch había comparecido el día anterior, el 13 de octubre, a puerta cerrada ante la Junta de Coordinación Política, mientras Velasco daba la cara en sesión pública. La diferencia de formatos no es menor: la seguridad se discute en reserva y la diplomacia se presenta como un apéndice.
Téllez fue más allá al señalar que la agenda internacional es monotemática porque el desorden interno obliga al país a ir al mundo a pedir que no lo intervengan. Habló de “diplomacia de la mafiocracia”, mencionó a Adán Augusto López y Enrique Inzunza como factores que dañan la imagen de México y acusó a Sheinbaum de dejar solo al canciller en foros como Naciones Unidas. Velasco respondió con el manual habitual: soberanía no negociable, cooperación sin subordinación y cifras como la caída del 67 % en decomisos mensuales de fentanilo en la frontera sur de Estados Unidos o los más de 152 mil casos de protección consular. Datos reales, pero que no contestan la pregunta de fondo que planteó la senadora.
El episodio deja al descubierto una realidad que el gobierno prefiere no discutir con claridad. Cuando el titular de Seguridad tiene más peso en la relación con Washington que el canciller, y cuando la oposición puede sostener sin mayor contradicción que la política exterior se reduce a gestionar las consecuencias del control territorial de los cárteles, no se trata solo de un ataque partidista. Se trata de un reconocimiento público de que, en la práctica, la Cancillería opera con un margen estrecho y subordinado a la lógica de seguridad. Velasco puede citar principios y resultados puntuales, pero el contraste de comparecencias y el tono de la crítica de Téllez muestran que la narrativa de soberanía fuerte choca con una gestión que sigue siendo reactiva y monotemática.
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