Querétaro.- Mauricio Kuri se filmó el 8 de septiembre de 2026 sometiéndose a una prueba de control de confianza, respondió siete preguntas de sí o no y salió con el sello que más le convenía: “no sospechoso”. Lo aplicó la firma Centela-Sapiens con el sistema Cogito; el examen tocó corrupción, posibles nexos con el narco y la “soberanía nacional”. El gobernador lo vendió como respuesta a la sociedad queretana y como pieza de su “6 de 6” y del Protocolo Antinarcocandidatos rumbo a 2027.
El gesto es político, no es una auditoría. Un polígrafo contratado, grabado y anunciado por el propio evaluado no sustituye declaraciones patrimoniales verificadas, cruces fiscales, revisión de criptomonedas ni investigación ministerial. Ese resultado, por sí solo, no acredita de manera independiente que alguien carezca de vínculos con el crimen organizado. Kuri pone la vara a los demás candidatos y se reserva el megáfono. La pregunta incómoda no es si pasó la prueba; es quién eligió la empresa, quién formuló las preguntas y por qué un detector de mentiras debería valer más que el SAT, la Fiscalía o un órgano autónomo.
Si de verdad se trata de cerrar la puerta a narcocandidatos, el estándar no puede ser un video de campaña con sensores en los dedos. O los partidos publican método, contrato, reactivos y dictamen completo —no solo el veredicto a modo— o esto queda en lo que es: un gobernador que se examina a sí mismo, se declara limpio y reta al resto a copiar el show. Transparencia no es pose. Es expediente, no polígrafo.
Discusión sobre este post
Sin posts



