CDMX.- Dalila Escobar, reportera de Proceso, documentó este viernes en el Salón Tesorería lo que ya no es anécdota: con poca asistencia, la logística de comunicación de Presidencia llenó las primeras filas con más hombres que mujeres, repitió a los de siempre y asignó un lugar de primera fila a las 7:30 de la mañana, ya con el salón ocupado, a quienes llegaron tarde. Quienes arribaron temprano —incluida ella y Reyna— quedaron fuera. La paridad de género que se presume en las dos primeras filas se evaporó cuando convino.
Esto no es un descuido. Es el patrón que analistas ya midieron: en 485 mañaneras, las diez voces más frecuentes acaparan el 20 % de los turnos y una parte importante corresponde a medios o comunicadores afines. La presidenta decide a quién le da la palabra, las filas se acomodan con discrecionalidad y el espacio se llena de intervenciones que marcan agenda en lugar de cuestionar. Lo que Escobar llama “simulación” es exactamente eso: una rueda de prensa que cada vez más funciona como mitin controlado, donde el gremio normaliza la exclusión y el gobierno opera sin freno real.
Mientras tanto, la lógica del poder se impone: si la presidenta quiere darte el micrófono aunque estés atrás, lo hace; si no, no importa que estés adelante. El registro de estos detalles importa precisamente porque después se vende la narrativa de que “siempre se permitió el cuestionamiento”. No. Cada vez hay menos espacio para las preguntas incómodas y más para quienes no las hacen. Y el gremio, al prestarles asiento, también es responsable.



