Otra vez. Ahora en un mitin en Carolina del Sur, Donald Trump volvió a sacar el mismo número: que Claudia Sheinbaum fue bailarina de ballet y que “no sabe cómo diablos pasó de ser bailarina a presidenta de México”. De paso imitó su voz y recreó —como ya lo ha hecho en múltiples ocasiones— la llamada en la que, según su versión, ella le suplicaba que no le cambiara el nombre al Golfo de México.
No es un chiste suelto. A lo largo de 2026, Trump ha convertido a Sheinbaum en un sketch recurrente de sus mítines. La anécdota del Golfo de América, con la imitación de su voz y los elogios a su “voz hermosa”, la ha contado de forma sistemática: en una cena en Florida en mayo, en Arizona el 14 de octubre, y ahora en Carolina del Sur. Medios mexicanos y estadounidenses ya la describen como algo que “repite por enésima vez”. El ballet es el adorno nuevo, pero el patrón es el mismo: la saca cuando quiere reírse, demostrar quién manda o distraer de otros temas.
Comparado con otros líderes, el trato a Sheinbaum es particular. A Volodymyr Zelenskyy lo ha atacado de forma mucho más agresiva y frecuente: lo llamó “dictador”, lo enfrentó en el Despacho Oval, lo acusó de no querer la paz y recientemente dijo que es “más difícil de tratar que Putin”. A Mark Carney le dice “Governor” y amenaza con convertir a Canadá en el estado 51. A Macron, Starmer y otros europeos les ha lanzado insultos directos sobre su liderazgo o su familia. A Sheinbaum no la trata como adversaria estratégica; la trata como personaje de comedia. Es más bullying que blanco político.
Las respuestas marcan la diferencia. Zelenskyy ha empujado de vuelta, a veces de forma pública y frontal. Otros líderes europeos han intentado calibrar: criticar sin romper del todo. Sheinbaum, en cambio, mantiene la línea institucional casi intacta. Habla de “relación cordial”, insiste en que las conversaciones se centran en comercio y seguridad, y evita el choque personal. Cuando responde al Golfo o a temas de soberanía, lo hace en tono medido y desde el podio de la mañanera, no en el terreno que Trump elige (el mitin y el chiste). El resultado es que el monólogo de él se queda sin réplica equivalente.
Los números de popularidad complican aún más el cuadro. Trump llega a las elecciones intermedias con aprobación en mínimos históricos de su segundo mandato: encuestas de CNN y Reuters/Ipsos lo ubican alrededor del 31-32 %, y promedios nacionales lo sitúan entre el 36 % y el 38 %, con desaprobación cercana o superior al 60 %. Sheinbaum, en cambio, se mantiene cerca del 70 % de aprobación en México (MetricsMx 69.1 %, TResearch 70.1 %, El Financiero alrededor del 70 %) y encabeza los rankings de presidentes latinoamericanos. Él necesita el chiste para su base; ella puede permitirse ignorarlo porque su techo doméstico es alto. Pero el costo de imagen internacional no se mide solo en encuestas internas.
La pregunta no es si Trump se burla. Es por qué la presidenta de México ha normalizado ser el personaje recurrente de los mítines de un hombre cuya popularidad está en el piso, mientras la suya se sostiene cerca del 70 %. La relación “cordial” que ella presume funciona para él: le da un chiste fácil, un contraste cómodo y la sensación de que México es manejable. Para ella, el costo es más sutil: cada repetición del sketch de la bailarina refuerza, fuera de México, la idea de que la presidenta es predecible y útil como blanco. Él se ríe con números bajos. Ella sonríe con números altos. El desequilibrio se nota.




