La obsesión de Sheinbaum contra Salinas Pliego impulsa al empresario mexicano directo a las presidenciales del 2030
El apodo “perrita de Trump” se volvió viral tras incidentes públicos, generando memes, corridos burlones y miles de interacciones, pero junto a los insultos, surgen voces que lo defienden.
Análisis.— En la arena política mexicana, pocas dinámicas resultan tan contraproducentes como la fijación de un gobierno en el poder por demonizar a un adversario incómodo. La presidenta Claudia Sheinbaum y el aparato de Morena han convertido a Ricardo Salinas Pliego en su enemigo favorito, respondiendo casi a diario a sus provocaciones, señalándolo en conferencias y permitiendo que influencers cercanos al partido lo conviertan en blanco de ataques personales. Esta obsesión, lejos de debilitarlo, está consolidando su figura como símbolo de resistencia antiestatista y lo proyecta, casi sin esfuerzo propio, como un contendiente serio rumbo a las presidenciales de 2030.
Salinas Pliego no es un actor nuevo en el ecosistema mexicano. Como cabeza de Grupo Salinas, controla un conglomerado que toca la vida cotidiana de millones: televisión, banca, telecomunicaciones, retail y servicios financieros. Durante décadas ha cultivado una imagen de empresario pragmático que “ayuda” a las familias a acceder a bienes de consumo, aunque sea mediante créditos con tasas elevadas. Esa cercanía operativa con las clases medias y populares le otorga una legitimidad que otros millonarios herederos nunca han tenido. Mientras herederos más tradicionales permanecen distantes, Salinas ha construido una narrativa de self-made man capaz de desafiar al poder político establecido.
Sus problemas financieros son reales: la televisora enfrenta presiones de insolvencia, activos bajo cautelares y litigios pendientes. Sin embargo, en lugar de hundirlo, estos tropiezos lo han humanizado ante sectores que ven en él a un rebelde contra un fisco percibido como arma política. La respuesta de Morena —confrontarlo frontalmente, amplificar sus declaraciones y hasta inventar apodos misóginos y homófobos como “la perrita de Trump”— no solo viola el manual básico de manejo de crisis, sino que le regala oxígeno mediático gratuito. Cada respuesta oficial o semioficial lo coloca en el centro del debate nacional, transformando sus quejas en un relato épico de David contra Goliat.
El efecto boomerang en redes y opinión pública
En redes sociales, la tendencia es clara y paradójica. El apodo “perrita de Trump” se volvió viral tras incidentes públicos, generando memes, corridos burlones y miles de interacciones. Pero junto a los insultos, surgen voces que lo defienden o, al menos, cuestionan la desproporción del ataque gubernamental. Encuestas recientes revelan un dato revelador: un porcentaje significativo de la población, especialmente entre independientes, ve con buenos ojos su posible incursión como candidato independiente en 2030. En una medición de marzo, cerca del 70% expresó interés en verlo en la boleta bajo esa figura. Otra prospectiva le asignaba alrededor del 38% de probabilidad de voto en escenarios hipotéticos. Estos números no indican victoria asegurada, pero sí una base potencial que Morena está nutriendo con cada confrontación.
La obsesión presidencial alimenta directamente este fenómeno. Al mencionarlo en mañaneras, al ligarlo a conspiraciones diplomáticas (como el misterioso “Susurrador” en las memorias del exembajador Ken Salazar) o al permitir que aliados lo equiparen con traidores, Sheinbaum y su entorno convierten a Salinas en el antihéroe perfecto para quienes ya desconfían del Estado. Sectores rurales y urbanos antiestatistas —históricamente escépticos ante cualquier gobierno— encuentran en sus mensajes de “el Estado es robo” un eco que los programas sociales de Morena no han logrado silenciar por completo. La estrategia de “exponer su bajeza” solo logra promocionarlo, tal como ocurrió con figuras populistas en otros países donde la izquierda en el poder intentó ridiculizar a sus críticos sin entender el resentimiento acumulado.
Una trayectoria más astuta que la de sus predecesores
A diferencia de otros intentos fallidos de la élite económica por incursionar en política, Salinas juega con ventajas estructurales. No depende solo de financiamiento a ONG o partidos tradicionales; invierte en influencers, medios digitales y una narrativa cultural que trasciende el ciclo electoral inmediato. Su paciencia es estratégica: no necesita ganar la presidencia en 2030 para alterar el tablero. Puede respaldar candidaturas locales, movimientos regionales o incluso influir a través de su hija Ninfa Salinas, con su historial en el Partido Verde y conexiones morenistas. Esta aproximación gradual contrasta con intentos más torpes del pasado y le permite contaminar el terreno sin quemarse prematuramente
La obsesión de Sheinbaum revela, además, una debilidad estructural de Morena tras años en el poder: la dificultad para definir enemigos claros cuando ellos mismos constituyen la nueva élite. Ya no basta señalar a la “mafia del poder” de antaño; el hartazgo popular se vuelve contra el aparato estatal actual. En este contexto, un empresario vulgar, rico y confrontacional puede ser leído por muchos como “alguien que supo hacerla” y que ahora desafía al abusador institucional. La admiración por la fortuna, incluso cuestionable, sigue siendo un factor cultural poderoso en un país de desigualdades profundas.
Consecuencias de una estrategia miope
Golpear a Salinas Pliego en el mismo terreno grosero que él habita solo erosiona la credibilidad moral de Morena. En lugar de dejar que sus problemas mercantiles y judiciales lo desgasten naturalmente, la respuesta oficial lo mantiene vivo y relevante. Esto no solo prepara el terreno para 2030, sino que distrae de problemas reales: seguridad, economía, migración y la consolidación institucional. La historia mexicana está llena de ejemplos donde la confrontación personalizó la política y benefició al provocador.
Si Sheinbaum y Morena continúan por esta senda, estarán haciendo exactamente lo que Salinas necesita: convertirlo en mártir de la libertad de expresión y en alternativa visible contra un sistema percibido como autoritario. La obsesión no lo destruye; lo impulsa. Para 2030, el empresario podría llegar no como outsider improvisado, sino como figura consolidada gracias al combustible que el propio gobierno le ha suministrado día tras día.
México merece un debate de ideas y proyectos, no esta tragicomedia de insultos y reacciones viscerales. Pero mientras Morena elija seguirle el juego a Salinas Pliego, estará escribiendo, capítulo a capítulo, el guion de su propio desafío más peligroso. La historia juzgará si esta miopía fue solo un error táctico o el primer acto de una derrota estratégica mayor.







