CDMX.- Ariadna Montiel salió a decir que la 4T ganará “sólido” en 2027 y que las pláticas con el PT y el Verde siguen. El diputado Arturo Ávila ratificó la coalición y minimizó las ambiciones estatales de los aliados. Miriam Saldaña, del PT, habló de “raspones” de negociación y hasta elogió a Omar García Harfuch. Tres micrófonos, un mismo libreto: no hay ruptura. El problema es que el libreto llega tarde. Reginaldo Sandoval ya había dicho que el PT se siente maltratado, que Morena se cree “sobrada” y que, si la coalición se rompe, su partido no gana una gubernatura… pero puede hacerle perder a Morena entre siete y doce.
Eso no es un roce. Es un ultimátum disfrazado de lealtad. El conflicto no nació el domingo: el PT pausó su participación en el proceso interno, acusó a Morena de pisotearlo en las coordinaciones estatales y reclamó que las “encuestas espejo” no se acordaron como se pactó. Mientras tanto, el oficialismo avanza perfiles, filtros y candidaturas como si los socios fueran comparsa. La alianza se sostiene porque en San Lázaro el PT sigue siendo pieza para mayorías; no porque exista un proyecto común. Lo que hay es un mercadeo de estados, encuestas y fichas.
Llamar “raspones” a esa pelea es cinismo de coalición. Si el PT solo sirve cuando hay que votar reformas y sobra cuando hay que repartir gubernaturas, la “transformación” se reduce a un cártel de siglas. Montiel puede prometer triunfo; Saldaña puede hablar de acuerdos; Ávila puede decir que nada se fractura. El dato duro es otro: la unidad se declara en la banqueta y se discute, a codo, en la mesa donde se reparte el poder. Si esa mesa no cede, 2027 no será un desfile. Será una factura.
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Todos ellos son narcotraficantes igual que la presidente