Análisis.— Nadie en este país cree en la versión oficial de nada. Ni en las mañaneras, ni en los comunicados de Segob, ni en eso de “fue una decisión personal”. Por eso, cuando Rubén Rocha Moya reapareció un viernes, recuperó el cargo, se dio un baño de pureza y al día siguiente volvió a pedir licencia, el país no se preguntó qué pasó. Se preguntó quién lo mandó y a quién le dolió. Y ahí empieza el verdadero espectáculo: el buffet de teorías. Todas más jugosas que los hechos.
La número uno, la más obvia, la que se susurra en los pasillos y se grita en las cantinas, es el rompimiento Sheinbaum-AMLO. Rocha no es cualquier gobernador. Es de la vieja guardia, de los que todavía le hablan de “usted” al Tabasqueño y se sienten parte del inventario sentimental de Palenque. Su regreso unilateral, sin avisar a Palacio, se lee como un empujón del ala dura, un “aquí mando yo” disfrazado de patriotismo sinaloense. Sheinbaum respondió con distancia quirúrgica y esa frase sobre “la ambición desnuda del poder por el poder” que sonó a bisturí. El mensaje no era solo para Rocha. Era un aviso: el Maximato se está pudriendo y alguien ya no está dispuesto a olerlo. Treinta y dos horas después, el gobernador pedía licencia otra vez. ¿Casualidad? En México las casualidades vienen con operador.
Pero hay una variante todavía más venenosa. La del berrinche de AMLO contra Harfuch. Días antes, el secretario de Seguridad había sido vitoriado en Argentina por el propio director de la DEA, Terry Cole, quien lo llamó “socio de confianza” y “buen amigo de Estados Unidos” frente a más de cien países. Un abrazo público, casi un apadrinamiento. Y justo cuando a Andy López Beltrán le cancelaban la visa. Según esta teoría, el Tabasqueño no tragó el elogio gringo ni el viaje autorizado por Sheinbaum. El regreso de Rocha habría sido la respuesta: un recordatorio de que todavía hay gente que responde al original y no al remix. Un pataleo de poder disfrazado de “frente limpia y en alto”. Harfuch se codea con la DEA; Rocha le recuerda a todos quién tiene el número de WhatsApp de la vieja guardia.
Y todavía falta la más cínica de todas: la caja china a favor de Andy. Mientras el país se entretenía con el show de las 32 horas de Rocha, con el fuero puesto y quitado como tanga de emergencia y con los deslindes de Sheinbaum, el verdadero incendio —el de la visa cancelada al junior, los rumores de dinero “en sus manitas” y los posibles nexos con los hijos del gobernador— quedaba convenientemente en segundo plano. Rocha aparece, genera el escándalo perfecto, absorbe todos los reflectores… y Andy respira. Una distracción de libro. Abres la caja del gobernador y adentro está el hijo del expresidente, bien escondido detrás del ruido.
Luego está la teoría del fuero como tanga de emergencia. Rocha no regresó por amor a Sinaloa. Regresó porque alguien movió el caso Cuén-Mayo. Detienen a un testigo clave y, de repente, el gobernador siente una urgencia patriótica de volver a ponerse el traje. El fuero no es privilegio: es chaleco antibalas con corbata. Lo usa dos días, se siente protegido y lo devuelve como quien regresa un traje alquilado después de la boda. “Gracias, ya no lo necesito”. Higiene política de manual.
No falta la versión de la autoexoneración con micrófono abierto. Rocha sale y dice que la FGR no encontró “los mínimos elementos”. La FGR aclara que las carpetas siguen abiertas. Es el equivalente de gritar “¡inocente!” en la sala de espera del dentista mientras te siguen llamando por tu nombre. Una performance de pureza para la galería. “Mírame, pueblo, he vuelto limpio”. El pueblo, que ya vio demasiadas limpiezas, solo pregunta cuánto costó el jabón y quién pagó la factura.
Y todavía hay quien habla de mensaje cifrado a Washington. Que el regreso fue un “aquí estoy” dirigido a los gringos, a Los Chapitos y a La Mayiza al mismo tiempo. Un ensayo de fuerza. Un “todavía puedo” que duró exactamente el tiempo necesario para que Sheinbaum le recordara que ya no. La segunda licencia, según esta lectura, no fue reculeo: fue la firma de un armisticio interno.
Lo verdaderamente morboso no es que existan tantas teorías. Es que todas son más creíbles que la versión oficial. Porque en México la política no se hace con comunicados. Se hace con silencios, con deslindes coordinados, con elogios de la DEA que duelen en Palenque y con gobernadores que aparecen y desaparecen como fantasmas con fuero. Rocha Moya no es el villano. Es el síntoma. El hombre que, en 32 horas, logró resumir todo lo que el poder mexicano hace cuando se siente acorralado: aparece, se protege, se justifica y se vuelve a esconder.
Y el lector, que ya no se sorprende de nada, solo se pregunta una cosa: ¿cuántas teorías más vamos a necesitar antes de admitir que la única verdad es que nadie cree en ninguna?



