Guadalajara.- Miles de personas salieron este domingo 11 de octubre desde la Glorieta Minerva hacia Casa Jalisco para exigir agua potable después de meses de recibir en sus llaves un líquido turbio, maloliente y con sedimentos que en algunas colonias llega negro o café. Lo que arrancó con familias y pancartas terminó en enfrentamientos: un grupo de encapuchados derribó vallas, lanzó objetos y petardos, y la policía estatal respondió con chorros de agua a presión y gas lacrimógeno. Hubo detenidos (reportes de al menos ocho o nueve), lesionados y denuncias de retenciones arbitrarias, mientras el gobernador Pablo Lemus, que días antes había dicho que “tienen todo el derecho de expresarse”, no se dejó ver. La imagen de antimotines disparando agua limpia contra quienes denuncian agua sucia resume el nivel de desconexión.
La crisis no es de ayer. Desde principios de año (con reportes intensificados desde marzo) cientos de colonias de la Zona Metropolitana reciben agua contaminada ligada al viejo sistema Chapala-Guadalajara, descargas irregulares en el canal de Las Pintas y una planta potabilizadora de Miravalle de 1956 que ya no da abasto. Lemus admitió una “crisis de agua potable como nunca antes” y anunció dejar de usar el agua de Las Pintas, lo que obliga a tandeos por al menos seis meses y un recorte de hasta 2.5 m³/s. Pero el problema viene de años de omisión: infraestructura oxidada, falta de inversión real en potabilización y saneamiento, y un SIAPA que ha sido más caja de favores que prestador de servicio. Ni Alfaro ni Lemus, ambos de MC, resolvieron lo estructural; ahora la solución de corto plazo es darles menos agua a los ciudadanos.
Reprimir con el recurso que niegan es la mejor prueba de que el gobierno prioriza el control sobre la solución. Las acusaciones de infiltrados (presuntos grupos de choque o simpatizantes de otras fuerzas) circulan en redes y videos, y diluyen la legitimidad del reclamo ciudadano, pero no borran el fondo: años de descuido dejaron a cientos de miles de personas sin agua usable, y la respuesta inmediata fue gas y manguerazos en lugar de rendición de cuentas o resultados medibles. Mientras se anuncian obras multimillonarias a futuro (ampliación de Miravalle, nuevo acueducto), la gente sigue bañándose con la boca cerrada y pagando garrafones. La marcha se ensució, sí; el gobierno lleva meses ensuciando el agua y ahora ensucia la protesta.
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