Sonora.- A las 11 de la mañana, en la taquería familiar Los Güichos —cruce de Chihuahua y Sebastián Lerdo de Tejada, colonia Reforma de Ciudad Obregón—, un tipo pidió dos tacos de cabeza, se sentó como cualquier cliente y luego se levantó para vaciarle el pecho a José Luis Esparza, de 37 años, el creador de contenido conocido como El Piturris. Dos disparos a quemarropa, dos casquillos calibre .40 en el piso, huida en moto con un cómplice. Lo llevaron al IMSS Bienestar; llegó sin vida. Lo ejecutaron frente a su abuela, familiares y parroquianos, en el negocio que la familia sostiene desde el abuelo.
La Fiscalía de Sonora ya soltó el comunicado de rigor: carpeta abierta, peritos, necropsia, “determinar si se relaciona con otros asuntos”. Ni detenidos ni móvil. El mismo patrón de siempre: el sicario entra, dispara y se va; el Estado redacta. Tres días antes, Alfonso Durazo vendía una baja de 68.2% en el promedio diario de homicidio doloso respecto a 2021, más policía y más patrullas. El cadáver de un taquero-influencer en horario de comida es la réplica más clara a esa estadística: la cifra puede bajar en el PowerPoint y, aun así, en Cajeme te matan despachando tacos.
El Piturris no era un capo ni un vocero del crimen. Hacía humor en La Guarida Podcast y atendía el mostrador. Lo que exhibe este crimen no es un “ajuste de cuentas misterioso”: es que el oficio más ordinario —vender comida— ya no ofrece ni la ilusión de refugio. Mientras el gobierno celebre porcentajes y la Fiscalía espere “resultados de gabinete”, el mensaje para Sonora queda escrito a sangre: aquí se puede entrar a un negocio, pedir de comer y salir habiendo matado a alguien. Y al cierre del día, eso todavía cuenta como investigación en curso.
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