Los perfiles de los traidores: Sheinbaum se hace de la vista gorda mientras los judas apuntan a AMLO
La negativa de Sheinbaum de reconocer estas traiciones internas puede interpretarse como estrategia para evitar escándalos mayores, pero también como una peligrosa complacencia.
Análisis.— Un cruce de filtraciones y datos publicados en medios de Estados Unidos y México, desvela los altos perfiles de los personajes de Morena que ha optado por la vía más cobarde: correr a Washington para ofrecer información a cambio de protección personal. Esta oleada de delaciones revela no solo la fragilidad moral de ciertos personajes del oficialismo y la oposición, sino también la profundidad de la infiltración y el oportunismo que carcome las estructuras del movimiento de la 4T, liderado aún por Andrés Manuel López Obrador y ejecutado desde Palacio Nacional por Claudia Sheinbaum.
Estos hoy “informantes” traicionan los tres principios fundamentales impuestos por Andrés Manuel López Obrador: no robar, no mentir y, sobre todo, no traicionar. Mientras la presidenta Claudia Sheinbaum niega públicamente divisiones o delaciones internas, su aparente inacción sugiere una tolerancia peligrosa: no es parte activa de las intrigas contra el fundador de la 4T, pero tampoco actúa con firmeza para cortar de tajo estas maniobras. A continuación, un análisis crítico de los principales perfiles de esta lista de traidores.
Del bando “aliado” (PVEM y Morena)
Ricardo Gallardo Carmona, gobernador de San Luis Potosí, encarna el pragmatismo descarado del oportunismo. Aliado formal de Morena, no dudó en contratar al controvertido Roger Stone —figura cercana a Trump y especialista en indultos— y a otra firma conservadora estadounidense por cientos de miles de dólares. Bajo el pretexto oficial de “atraer inversiones”, Gallardo estaría preparando el terreno para negociar su pellejo y el de su familia ante posibles investigaciones. Su disposición a deslindarse del morenismo cuando el viento cambie habla de un político sin convicciones, solo lealtades de conveniencia.
Jorge Emilio González, el eterno “Niño Verde”, repite su historial de versatilidad ideológica. Dirigente nacional del PVEM, ha mantenido diálogos directos con autoridades estadounidenses alertado por su cercanía con Morena. Con propiedades e intereses al norte de la frontera, su cálculo es claro: ante la amenaza de perder visa o enfrentar escrutinio, prefiere croar información que defender el proyecto que juró acompañar. Es el clásico ejemplo de cómo el miedo personal disuelve cualquier discurso transformador.
José Ramón Gómez Leal (“JR”), senador morenista por Tamaulipas, lleva la traición a un nivel más profundo. Conocedor directo de redes de huachicol y financiamiento irregular a campañas, ofreció entregar todo a cambio de inmunidad y, ambiciosamente, apoyo para llegar a la gubernatura. El rechazo estadounidense a interferir en temas electorales no borra el hecho: un legislador de la 4T dispuesto a vender secretos del movimiento por salvoconducto personal.
Adán Augusto López y su cuñado Rutilio Escandón representan la traición desde el corazón del “Grupo Tabasco”, uno de los círculos más cercanos a López Obrador. El primero, exsecretario de Gobernación, y el segundo, cónsul en Miami y exgobernador de Chiapas, enfrentan investigaciones por huachicol fiscal y presuntos vínculos con el CJNG. Ambos buscaron por separado “tratos especiales”. Que figuras de tanta confianza histórica opten por esta ruta genera dudas legítimas sobre hasta dónde llegó la podredumbre interna durante el sexenio pasado.
Marina del Pilar Ávila, gobernadora de Baja California, utiliza intermediarios legales en Miami para entablar conversaciones con agencias estadounidenses. El hecho de que existan audios filtrados de estas gestiones habla de una operación poco discreta y de una gobernadora más preocupada por su futuro judicial que por la continuidad de la transformación.
La presión por el financiamiento irregular de campañas con dinero del huachicol ha hecho que varios gobernadores morenistas comiencen a “cantar”. En Nayarit, Miguel Ángel Navarro, y en Michoacán, Alfredo Ramírez Bedolla. Todos ellos, elegidos bajo las banderas de la 4T, demuestran que para algunos el cargo no fue un compromiso con el pueblo, sino una oportunidad de enriquecimiento que ahora intentan blanquear con delaciones.
De la oposición tradicional
Alejandro Moreno Cárdenas (“Alito”), presidente del PRI, completa el cuadro con su rol de delator profesional. Desde hace más de un año entrega expedientes en Washington contra Morena y el obradorismo. Su activismo anti-4T no sorprende, pero confirma que la derecha mexicana no duda en aliarse con la intervención extranjera para intentar recuperar poder.
Implicaciones y la omisión de Sheinbaum
Esta lista —que supera con creces las diez figuras mencionadas inicialmente por The New York Times— no es solo un conjunto de casos aislados. Es la manifestación de una crisis de lealtad dentro del movimiento. Políticos que ayer juraban lealtad eterna a López Obrador hoy priorizan sus intereses, propiedades en EE.UU. y futuros personales sobre el proyecto colectivo.
La presidenta Sheinbaum enfrenta aquí una prueba de fuego. Su negativa pública a reconocer estas traiciones internas puede interpretarse como estrategia para evitar escándalos mayores, pero también como una peligrosa complacencia. Si no actúa con decisión —expulsando públicamente a los tibios, fortaleciendo la disciplina interna y defendiendo con claridad el legado de AMLO—, el huracán desde Washington encontrará un movimiento fracturado y vulnerable.
Hoy se conoce los perfiles de estos traidores, pero pueden haber más, mucho más. La simple amenaza de perder la visa para ellos y sus familias es suficiente para correr a Washington a cantar todo lo que saben de la alianzas narco-corruptas de AMLO, sus hijos y sus más allegados.











