CDMX.-El dato no es de oposición ni de un noticiero enojado: Coparmex midió a 4 mil 21 socios, de marzo a junio de 2026, y el ánimo para invertir se fue al 23%, el piso más bajo desde que arrancó esa encuesta en 2020. Hace un año era 39.5%. Traducido: apenas dos de cada diez ven momento para poner dinero; el resto, casi ocho, no. Los planes de crecer —más personal, sucursales o productos— también se encogieron, de 62.8% a 50.3%. El propio organismo lo dijo sin maquillaje: la empresa mexicana pasó de expandirse a resistir.
Las causas que declaran los propios empresarios no son un eslogan: incertidumbre económica (25.2%), inseguridad (20.9%) e incertidumbre política (16.6%). En paralelo, la extorsión ya aparece como el delito más reportado entre socios, por encima del robo de mercancía. Mientras tanto, la Secretaría de Economía presume un máximo histórico de IED en el primer semestre —casi 35 mil millones de dólares—, un flujo que en buena parte es reinversión de quien ya está adentro, no la apuesta fresca de quien mira el país desde fuera o desde un taller de a pie. Esa contradicción es el problema: el capital grande puede quedarse; el tejido local se encoge.
Sin confianza no hay inversión nueva. No hace falta un discurso para verlo. Cuando ocho de cada diez socios de Coparmex no ven condiciones, el diagnóstico no es “percepción”: es un freno concreto a empleo, productividad y crecimiento. Un gobierno puede celebrar cifras de IED; no puede, con seriedad, ignorar que el empresario mexicano se está guardando el cheque.
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