Ciudad de México.— Marine Le Pen, candidata del Rassemblement National y favorita en las encuestas para las presidenciales de 2027, eligió el lanzamiento de su campaña para lanzar una advertencia que ha resonado con fuerza en México: “No permitiremos que Francia se deslice hacia la mexicanización con la presencia de cárteles. Erradicaremos estas organizaciones criminales sin contemplaciones, tratándolas como terroristas”.
La frase, pronunciada ante miles de simpatizantes el 25 de octubre, no fue un desliz. Forma parte de un bloque de propuestas de “tolerancia cero” que incluye fronteras más estrictas, expulsión de extranjeros delincuentes y penas más duras. Le Pen no mencionó a la presidenta Claudia Sheinbaum ni al gobierno mexicano; usó el país como sinónimo de lo que Francia no debe convertirse: un territorio donde el crimen organizado disputa el control del Estado, genera violencia extrema y exporta su modelo.
De Colombia a México
Durante décadas, Colombia cargó con el estigma del “narcostate”. El nombre de Pablo Escobar y la imagen de un país secuestrado por los carteles se convirtieron en referencia mundial. Colombia invirtió años —y sangre— en desmontarla parcialmente. Hoy el lugar lo ocupa México.
La “mexicanización” no es un invento de Le Pen. El término circula desde hace años en debates de seguridad europeos para describir el avance de redes de narcotráfico con capacidad de corrupción, violencia y control territorial. Que una candidata de primer nivel lo use abiertamente en el arranque de su campaña confirma que la asociación México = cárteles ya es de uso corriente en el discurso político internacional.
El costo real
México es la segunda economía de América Latina, un destino turístico y cultural de primer orden y un socio comercial clave. Sin embargo, las cifras de homicidios, desapariciones y el poder de los grupos criminales han erosionado esa imagen. Cuando políticos extranjeros prometen “no terminar como México”, no hablan de cultura o gastronomía: hablan de territorios perdidos, de autoridades intimidadas y de un Estado que, a ojos del exterior, no logra imponer la ley de manera efectiva.
El problema no es nuevo ni exclusivo de un gobierno. Pero su persistencia —y la percepción de que las estrategias de “abrazos no balazos” o de contención no han frenado el poder de los carteles— alimenta el estigma. Cada vez que un líder extranjero usa a México como ejemplo negativo, se refuerza un daño reputacional que afecta inversión, turismo y la capacidad diplomática del país.
Le Pen no inventó el problema. Solo lo nombró en voz alta, ante su público, como un escenario a evitar a toda costa. Mientras el discurso político mexicano discute si el término es una ofensa o una exageración, en otras latitudes ya se usa con naturalidad como advertencia. Ese es, hoy, el verdadero costo de la “mexicanización”.



