CDMX.- La Organización de los Estados Americanos aprobó este miércoles, con 29 votos a favor, convocar de urgencia una reunión de cancilleres para enfrentar la amenaza de Daniel Ortega de cancelar definitivamente las elecciones en Nicaragua. Solo Brasil votó en contra y México se abstuvo. El anuncio del dictador, hecho el 19 de julio durante el aniversario de la revolución sandinista, fue claro y sin rodeos: “Aquí no volverán a haber elecciones para que por allí intenten ellos atrapar el gobierno”. A eso se suman reformas constitucionales que amplían el mandato a siete años renovables y prohíben a la oposición participar bajo el pretexto de “traición a la patria”. La Asamblea Nacional, controlada por Ortega y Rosario Murillo, prepara aprobarlas en septiembre.
El representante mexicano Alejandro Encinas justificó la abstención con el discurso de siempre: que se trata de un asunto interno, que no amenaza la seguridad hemisférica y que hay que respetar la soberanía y la autodeterminación de los pueblos. Pidió diálogo y puentes mientras el régimen nicaragüense, ya fuera de la OEA desde 2023, consolida un Estado policial familiar que ha reprimido, encarcelado y exiliado a miles. Es la misma línea que ha mantenido la 4T frente a otras dictaduras del continente: palabras vacías de “democracia” y silencio cómplice cuando el autoritarismo avanza.
Esta abstención no es neutralidad. Es una renuncia deliberada a defender los derechos básicos de un pueblo vecino. Mientras 29 países exigen al menos discutir acciones reales, México elige mirar hacia otro lado, protegiendo de facto a un régimen que acaba de declarar abiertamente que la voluntad popular ya no importa. Una vez más, la política exterior de la 4T se pone del lado de los que cierran las urnas.
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