CDMX.- Los números ya no admiten el discurso del “país joven”. La Encuesta Intercensal 2025 del INEGI estima 130 millones 911 mil 314 habitantes al 15 de octubre de 2025: casi 4.9 millones más que en el Censo de 2020, pero con un crecimiento anual de apenas 0.7%, por debajo del 1% del lustro anterior y unos 2.5 millones por debajo de lo que Conapo proyectaba para ese año. La edad mediana saltó de 29 a 32 años en cinco años —el mismo avance que antes tomó una década— y una de cada diez personas ya tiene 65 años o más. El promedio de hijos nacidos vivos por mujer de 12 años y más bajó de 2.1 en 2020 a 1.9 en 2025; la tasa global de fecundidad, el indicador que anticipa el futuro, se desplomó de 1.9 en 2019 a 1.2 en 2024. Ninguna entidad alcanza ya el nivel de reemplazo de 2.1.
Ese recorte de la pirámide no es un dato técnico: es una factura. Los hogares con ingresos por jubilación o pensión subieron de 13.0% a 16.6%, y aquellos donde alguien recibe dinero de programas de gobierno pasaron de 25.0% a 41.4%. Internet en la vivienda sí avanzó, de 53.9% a 75.7%, pero eso no paga pensiones ni sostiene un IMSS o un ISSSTE diseñados para otra época. El país crece más lento, tiene menos niños y más adultos mayores, y al mismo tiempo depende cada vez más de transferencias públicas para completar el ingreso del hogar.
La crítica no es al envejecimiento —eso es demografía—, sino a la negativa a gobernarlo. Se expandió la nómina social mientras el mercado laboral informal, la baja recaudación y un sistema de pensiones incompleto siguen intactos. Celebrar que “somos 131 millones” sin decir que la generación que viene es casi 30% más chica que la de hace diez años es hacer política con el espejo retrovisor. El bono demográfico se está cerrando; lo que queda, si no hay empleo formal, salud geriátrica y un rediseño fiscal de verdad, no es un México maduro: es un país que envejeció más rápido que su capacidad de pagarlo.
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