CDMX.- El coordinador petista en San Lázaro, Reginaldo Sandoval, lo dijo sin rodeos: su partido no tiene para ganar una gubernatura, pero sí para hacerle perder a Morena siete, ocho o hasta 12 de las 17 que se juegan en 2027. El reclamo no es un debate de proyecto. Es un forcejeo por espacios. El PT acusa que Morena lo sacó de las “encuestas espejo”, no lo metió al comité técnico y lo trató con soberbia al designar coordinadores territoriales. En el Congreso el argumento es el mismo: sin los votos petistas no salen las dos terceras partes. Primero sirvieron para clavar reformas; ahora cobran factura con la amenaza de ir solos o de cargar a los descontentos de la interna morenista.
Claudia Sheinbaum se deslindó con un “no me voy a meter”: que lo resuelvan la dirigencia de Morena y los diputados. Ricardo Monreal respondió que respeta el dicho, pero no cree que al PT “le asista la fuerza suficiente”. En la misma frase minimizó al aliado y admitió que sin PT y Verde no habrían tenido mayoría calificada. Esa es la contradicción del bloque: los necesita para legislar y los desprecia para competir. La unidad que venden como destino histórico se reduce a un recuento de casillas, coordinaciones y futuras candidaturas.
Lo que queda a la vista no es una crisis ideológica. Es el desgaste de una coalición que ya no discute el país, sino quién se queda con el mapa. El PT chantajea con su capacidad de restar. Morena responde con desdén y calcula que el arrastre propio le alcanza. Sheinbaum se hace a un lado mientras el piso de 2027 —el que Sandoval advierte que también define 2030— se negocia a gritos. Si esto es “seguir haciendo historia”, la historia que se escribe es la de siempre: aliados mientras sirvan, adversarios cuando toca repartir.
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