CDMX.- Ricardo Monreal salió a pedir “revisar con cuidado” el impacto de un posible IEPS a productos con exceso de sodio. Suena razonable, hasta que se ve de quién viene el anuncio: el coordinador de Morena en San Lázaro pide prudencia sobre una iniciativa que diputados de su propio grupo —empezando por Carol Antonio Altamirano, presidente de Hacienda— ya están vendiendo como receta de salud y de caja. El cálculo que circula no es menor: unos 12 mil millones de pesos por sopas instantáneas, salsas, aderezos y embutidos, más otros 6 mil millones si también suben la cerveza. En total, más de 18 mil millones que no saldrán de un laboratorio de nutrición, sino del anaquel de la tiendita.
El argumento oficial es el de siempre: sodio, sellos, obesidad, “impuestos saludables”. El problema es que esos productos no son el capricho de quien compra organicos en Polanco. Son la comida barata, rápida y calórica de quien gana el mínimo, come Maruchan entre turnos y no tiene tiempo ni dinero para una dieta “correcta”. Gravarlo no educa: encarece el único menú que muchas familias pueden pagar. Y pedirlo “con sensibilidad” después de haber subido ya el IEPS a refrescos y edulcorantes no es una corrección de rumbo; es el mismo modelo con otro slogan.
Monreal no está frenando el impuesto. Está midiendo el costo político. Habla de recaudar más y de no lastimar a las familias en la misma frase, como si ambas cosas cupieran sin choque. No caben. Si la mayoría tiene los votos, el gravamen pasará; si hay ruido, él ya dejó asentado que “pidió revisar”. La crítica dura no es al sodio. Es a un Congreso que descubre la salud pública cada vez que necesita dinero y llama “protección” a pasarle la cuenta a quien menos puede cambiar de dieta.
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