Nayarit.- En Tepic, Ariadna Montiel reconoció el 22 de octubre que las conversaciones con el Partido del Trabajo y el Partido Verde para armar la coalición electoral de 2027 avanzan a ritmos desiguales —a veces rápidas, a veces pausadas— aunque insistió en que la intención de Morena es mantener el bloque y decidirlo todo desde la mesa nacional. El mensaje suena a control, pero choca de frente con lo que dijo días antes Alberto Anaya, dirigente del PT: las negociaciones para definir candidaturas a gubernaturas están pausadas precisamente por desacuerdos con los procesos internos del partido guinda.
La declaración de Montiel llega después de que el Consejo Nacional de Morena aprobó por unanimidad su política de alianzas, llamando a la unidad con PT y Verde pero poniendo límites claros: nada de subordinación ni pactos con lo que llaman “régimen neoliberal”. En la práctica, las fricciones ya se notan en varios estados. El PT respaldó perfiles como el del profesor Morón en Michoacán o a la senadora Inés en Sinaloa sin presentar más opciones, mientras Morena midió en encuestas a quienes sí se registraron. Citlalli Hernández coordina la mesa de diálogo, pero el propio ritmo “pausado” que admite Montiel revela que los acuerdos no fluyen como en los discursos de unidad.
Esto no es simple táctica. Morena depende de estos satélites para sostener mayorías y repartir cargos en 17 gubernaturas y cientos de municipios. Cuando Montiel minimiza las diferencias como “parte de la política” y Anaya las convierte en pausa formal, queda claro que la coalición funciona mientras hay poder que repartir, no porque compartan un proyecto sólido. La lentitud no es prudencia: es el síntoma de una alianza que se sostiene más por cálculo electoral que por convicción, y que ya empieza a crujir antes de que arranque formalmente el proceso de 2027.
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