Morena se devora a sí misma en Sinaloa: un exalcalde morenista acusa a Rocha Moya de amenazas y narco-herencia sangrienta
Exalcalde morenista de Mazatlán acusa a Rubén Rocha Moya de amenazas y lo vincula con el asesinato de Melesio Cuén
Sinaloa.- En un giro que desnuda las grietas profundas del poder morenista en Sinaloa, Luis Guillermo Benítez, exalcalde de Mazatlán por Morena, ha roto el silencio y señalado directamente al exgobernador Rubén Rocha Moya y al senador Enrique Inzunza como responsables de un clima de intimidación y violencia que ha dejado al estado al borde del colapso.
Benítez no se anda con rodeos: acusa a Rocha de haberlo amenazado explícitamente (“Si no firmas tu renuncia, te va a pasar algo malo, acuérdate que yo soy de Badiraguato y la puedes pasar muy mal”) y vincula tanto a Rocha como a Inzunza con el asesinato del exrector de la UAS, Héctor Melesio Cuén, ocurrido en 2024. Reitera su vulnerabilidad y exige que Morena “limpie” a la gente de Rocha, confiando —ingenuamente, dirían muchos— en que el partido o el gobierno federal intervengan.
El saldo brutal del “legado” Rocha
Los números que cita Benítez son demoledores y verificables: más de 3,500 homicidios dolosos, 4,000 desaparecidos, 177 mujeres asesinadas, 108 niños y niñas muertos y 333 desaparecidos, además de miles de empleos perdidos y familias destrozadas. Cifras que no son anécdotas, sino el resultado de un sexenio donde el narco y la política parecen haberse fusionado sin disimulo.
Esto no es un escándalo aislado. Es la podredumbre estructural de un partido que llegó prometiendo transformación y entregó un narcoestado a plena luz del día. Rocha, respaldado hasta el final por López Obrador pese a las señalamientos reiterados, deja un rastro de sangre que ahora sus propios correligionarios denuncian. La gobernadora interina Yeraldine Bonilla habla de “legado”, pero la realidad grita otra cosa: impunidad, miedo y un partido que se come a sus propios cuadros cuando ya no sirven o se vuelven incómodos.
Es patético y revelador que un morenista tenga que suplicar a Morena que se “limpie” a sí misma. Este partido no limpia, encubre. La esperanza de Benítez en que “el Gobierno de México haga lo que tenga que hacer” suena a desesperación o a cálculo político. Mientras tanto, la ciudadanía sinaloense paga con muertos y desaparecidos el precio de haber creído en la farsa de la “cuarta transformación”.
Sinaloa no se puede quedar callado, como dice Benítez. México tampoco. Esta implosión interna es solo la punta visible de un sistema podrido que priorizó lealtades y pactos sobre la seguridad y la ley. Si Morena no es capaz de enfrentar esta podredumbre, es porque forma parte de ella.




