Narco-fest: Sheinbaum opta por enfrentar a los Estados Unidos con tal de proteger a los narco-políticos de Morena-4T
El problema de Claudia Sheinbaum es grave y estructural. La idea del narco-gobierno ya vive en el colectivo mexicano y no hay grito en el Zócalo que lo borre.
Análisis.— La presidenta Claudia Sheinbaum cerró mayo de 2026 con un acto de evidente nerviosismo y desesperación. En plazas públicas del país, incluido el Monumento a la Revolución de la Ciudad de México, convocó a una supuesta “rendición de cuentas” que rápidamente se convirtió en un mitin defensivo, calificado en la redes por el colectivo como un “narco-fest”. Sus gritos de ataques directos a Felipe Calderón y Vicente Fox, y su advertencia de que Estados Unidos “primero viene por unos, luego por otros” revelaron el pánico de una mandataria que no logra sacudirse el estigma de narco-presidenta de un narco-gobierno 4T. Y lo peor: la decisión manifiesta de la presidenta de México de enfrentar a los Estados Unidos con tal que proteger a los narco políticos de Morena.
El estigma indeleble del narco-gobierno
Sheinbaum no sabe cómo desprenderse de la imagen de un gobierno y un partido penetrados por el crimen organizado. En lugar de confrontar frontalmente las acusaciones de Estados Unidos contra funcionarios y gobernadores de Morena —como el caso emblemático del gobernador de Sinaloa, Rubén Rocha Moya—, optó por victimizarse y proyectar las culpas hacia el pasado.
Insistir en que “no somos narcos” mientras defendía a sus aliados señalados, cayeron en el imaginario colectivo como una burda maniobra de encubrimiento. La gente ya no cree en la narrativa oficial. El concepto de narco-funcionarios, narco-Morena y narco-presidenta se ha instalado profundamente en la mente de los mexicanos, incluso entre muchos simpatizantes de la 4T que comienzan a resentir el costo reputacional.
Defensa a ultranza de narco-funcionarios
Sheinbaum, al igual que su antecesor Andrés Manuel López Obrador, prioriza la lealtad política sobre el combate real al narco. Su gobierno defiende públicamente a personajes señalados por Estados Unidos por presuntos vínculos con el Cártel de Sinaloa, mientras ataca a quienes sí enfrentan al crimen. Esta doble vara es lo que la ciudadanía percibe claramente.
Un ejemplo contundente ocurrió la semana previa: Sheinbaum orilló a Omar García Harfuch, secretario de Seguridad y uno de los pocos perfiles con imagen de confrontación al crimen, a descartar públicamente cualquier aspiración presidencial para 2030. Harfuch declaró que sería “irresponsable” pensar en candidaturas mientras ocupa su cargo. Para la oposición y analistas, esto fue una señal clara: Morena no quiere en la Presidencia a alguien que realmente pueda atentar contra los intereses del crimen organizado. Prefieren perfiles dóciles.
El show de acarreados del 31 de mayo
El evento del domingo no fue una manifestación espontánea de apoyo popular. Miles de asistentes fueron empleados públicos, beneficiarios de programas sociales y gente acarreada por líderes de colonias y estructuras territoriales de Morena. Videos y reportes mostraron personas llegando en autobuses y abandonando los sitios tras largas esperas. Lo que Sheinbaum presentó como respaldo masivo fue, en realidad, una coreografía partidista pagada con recursos públicos para intentar limpiar una imagen que ya está manchada.
Fracturas internas y reformas autoritarias
Incluso dentro de Morena hay malestar. No todos los legisladores se sienten cómodos con la defensa a ultranza de presuntos narco-políticos. La semana pasada, durante la aprobación de la reforma a la Ley Electoral que permite anular elecciones por “injerencia extranjera”, hubo diputados morenistas que se opusieron, se abstuvieron o protestaron en tribuna. Ven claramente que esta reforma no es una defensa de soberanía, sino un instrumento para anular comicios incómodos y blindar fraudes futuros en 2027 y 2030.
Los gritos de miedo: una defensa del narco disfrazada de patriotismo
Los momentos más reveladores del discurso de Sheinbaum fueron sus advertencias histéricas sobre una supuesta intervención escalonada de Estados Unidos. Primero por unos, luego por otros, y finalmente en las elecciones. Estas palabras, combinadas con el “No somos narcos” y los ataques a Calderón y Fox, fueron interpretadas por la mayoría como una defensa desesperada de los narco-políticos de Morena. En lugar de cooperar con Washington en el combate al fentanilo y los cárteles, Sheinbaum opta por confrontación retórica que solo profundiza la percepción de complicidad.
El efecto boomerang: reactivación de la oposición
En su torpeza, Sheinbaum logró lo contrario de lo que buscaba. Su hostigamiento contra la gobernadora de Chihuahua, Maru Campos —quien combate firmemente al narco con apoyo de agentes estadounidenses—, despertó a la oposición. El 30 de mayo, el PAN realizó un evento masivo “Yo con Maru” en Chihuahua, donde reaparecieron Felipe Calderón y Vicente Fox. Calderón lo dijo claramente: México necesita más Marus y menos Rocha Moyas. El ataque de Sheinbaum contra quien sí enfrenta al crimen terminó fortaleciendo a la oposición y exponiendo aún más la debilidad moral de Morena.
Conclusión: Un estigma arraigado y el riesgo de intervención
El problema de Claudia Sheinbaum es grave y estructural. La idea del narco-gobierno ya vive en el colectivo mexicano y no hay grito en el Monumento a la Revolución que lo borre. Su manifestación del 31 de mayo se leyó como una lucha frontal contra Trump y Estados Unidos, y como una negativa tácita a cooperar seriamente contra el narco.
Sus llamados a “defender la patria” suenan huecos: para muchos mexicanos no son más que una cortina de humo para proteger a narco-políticos que nada tienen que ver con la verdadera soberanía. Los gritos desesperados revelan que Sheinbaum se prepara para escenarios peores. Su desesperación es manifiesta, su estrategia fallida y el estigma, por ahora, imborrable.



