Acapulco, Guerrero.— La designación de Beatriz Mojica como coordinadora de Morena en Guerrero no cerró la interna: la abrió. Morenistas y aliados del PT la rechazan, no la quieren como candidata a la gubernatura. Esta discrepancia entre liderazgos de la colación puede abrir un surco que en efecto —en una combinación de factores— le cueste muy caro al partido guinda.
Abelina López Rodríguez, alcaldesa con licencia de Acapulco, no reconoció el resultado. Dijo que Morena “no abraza personas, abraza principios”, que quien festeje estará celebrando “la crónica de una muerte anunciada” y que “ganaron las encuestas de papel”, mientras ella dice tener “la encuesta real”: más de 100 mil personas en la movilización del segundo informe de Claudia Sheinbaum. “Traigo pueblo”, gritó frente a sus simpatizantes. No se declaró derrotada y no cerró la puerta a buscar la gubernatura por otra vía. En política, esa frase no es un lamento: es un ultimátum.
El rechazo no se quedó en Acapulco. Victoriano Wences Real, comisionado estatal del PT y aspirante que lleva meses en precampaña, desconoció a Mojica como “corcholata”. Argumentó que ni a él ni a la dirección nacional del PT los convocaron al evento, que no tuvieron acceso a las mediciones y que, por tanto, su partido no valida el resultado. Las llamó encuestas “cuchareadas” y “patito”. En Guerrero, el PT no es un aliado ornamental: es un actor con territorio, con historia de ruptura y con un candidato propio que ya se siente excluido.
La paradoja es evidente. Morena dice que Mojica ganó “diez a cero” en conocimiento, honestidad, cercanía, cumplimiento e intención de voto. Versiones de aspirantes que salieron de la reunión privada ubican la intención de voto así: Mojica, 23.62%; Esthela Damián, 15.62%; Javier Saldaña, 10.30%; Wences, 7.47%; Abelina, 5.68%; Karen Castrejón, 3.37%. Si esos números son ciertos, la dirigencia nacional eligió a la puntera de un sondeo controlado. Si el reclamo de Abelina y del PT también es cierto, el problema no es solo quién ganó, sino quién cree que el método sirve para gobernar un estado fracturado.
Ahí está el nudo crítico. En Guerrero no se discute únicamente un nombre. Se discute si la 4T local puede imponer una candidatura con pasaporte reciente y esperar disciplina. Mojica viene del PRD, fue secretaria general e incluso presidenta interina de ese partido, contendió a gobernadora en 2015 y perdió frente a Héctor Astudillo. En 2018 buscó el Senado en la coalición que impulsó a Ricardo Anaya. En una entrevista de esos años dijo que nunca se sumaría a López Obrador porque no compartía “visiones autoritarias”. Hoy agradece el legado de AMLO y recibe la constancia de Morena. Ese viraje no es ilegal; es político. Pero en un partido que se presenta como comunidad de principios, el chapulinaje de alto nivel cobra factura. En la propia reunión previa, según El Sur, le recordaron ese apoyo a Anaya. No lo inventó la oposición: lo gritaron militantes de su mismo proceso.
Tampoco ayuda el contexto estatal. Evelyn Salgado gobierna con una desaprobación alta —59% en la encuesta de El Financiero de junio— y la familia Salgado sigue siendo un poder real, aunque el candado antinepotismo le impida a Félix Salgado Macedonio sucederla. Abelina controla el municipio más visible del estado y un aparato de movilización. El PT ya avisa que no se sube al carro. El Verde sí, pero su presidenta nacional, Karen Castrejón, también compitió y quedó al fondo. Lo que queda no es un bloque: es un archipiélago de rencores.
Abelina no es, por cierto, una disidente inmaculada. Arrastra observaciones de la ASF por más de 282 millones de pesos en los ejercicios 2021, 2022 y 2024; una revisión estatal de 898 millones del FAISMUN 2023 que la Suprema Corte invalidó por incompetencia local, no porque hubiera absuelto el fondo; y una carpeta por presunto cohecho ligada a un collar valuado en 227 mil pesos, que ella niega. Morena no usó esos expedientes como argumento público para excluirla. Prefirió el lenguaje de las encuestas. El resultado es el peor de los mundos: la perdedora sale herida y con munición moral; la ganadora sale ungida y con una biografía fácil de contrapuntear.
Quien crea que esto se resuelve con un llamado a “caminar unidos, sin exclusiones” no entiende Guerrero. Allí la unidad no se decreta en el WTC. Se construye con territorios, con alcaldías, con estructuras campesinas, con Acapulco y con la Costa Chica. Mojica puede invocar Huehuetán, el origen afromexicano y casi cuatro décadas de izquierda. También debe responder por qué una parte de esa izquierda —la que milita en Morena y la que milita en el PT— la ve hoy como una corcholata de escritorio.
El riesgo electoral no es inmediato. Las encuestas públicas de verano todavía daban a Morena una ventaja holgada sobre el PRI y a Mojica un techo competitivo frente a Manuel Añorve. Esa foto puede cambiar si Abelina se va, si el PT compite por separado y si la interna se convierte en guerra de descalificaciones durante nueve meses. En 2021, el PT le ofreció a Mojica la candidatura a gobernadora y ella la rechazó para irse con Salgado a una diputación local. Ahora el PT le cobra la factura. La historia, en Guerrero, suele ser rencorosa.
La pregunta, entonces, no es si Beatriz Mojica “ganó” la encuesta. Es si Morena puede imponerla sin pagar el costo de haber convertido la sucesión en un cisma. Abelina ya dijo que trae pueblo. El PT ya dijo que no valida. Mojica dice que nadie sobra. En la práctica, dos pedazos del morenismo guerrerense ya se sintieron sobrantes. Si eso no se repara, la “crónica de una muerte anunciada” no será un grito de derrota: será el pronóstico de una campaña que empieza ganando en el salón y perdiendo en la calle.





