CDMX.- Gerardo Fernández Noroña lo dijo sin rodeos en su videocharla del 23 de septiembre: quien lo confronte “a mis costillas se va a hacer famoso”. No es un chiste de pasillo. Es un senador con tribuna, equipo y cientos de miles de seguidores advirtiendo que grabará y exhibirá a particulares. El recado llega cuatro días después del episodio en la Terminal 2 del AICM, cuando pasajeras le gritaron “corrupto” y “narcopolítico” al volver del informe de Miguel Ángel Navarro en Nayarit. Él respondió llamándolas cobardes y “fascistas”, colgó su versión y publicó material del entorno familiar de una de las jóvenes. El hermano, el creador “ratballs00”, lo acusó de investigar ciudadanos e intentar intimidarlos.
El patrón no es nuevo. Noroña lleva meses convirtiéndose en el funcionario que más se queja de ser grabado en la calle y, al mismo tiempo, el que más usa sus plataformas para devolver el golpe con nombre, cara y contexto personal. Un ciudadano con un celular no tiene la misma fuerza que un legislador con estructura de comunicación y alcance masivo. Confundir réplica con escarnio público no es valentía: es usar el cargo como megáfono contra quien no puede responder en igualdad de condiciones. Si la crítica ciudadana le parece “canallada de los medios”, el remedio no es amenazar con volver famoso a quien se atreva a decirle algo en un aeropuerto.
La frase destapa el nervio. El poder se mide también por cómo se soporta el reclamo, no por cuántas cámaras se apunten al vecino que gritó. Un senador puede defenderse, documentar una agresión y argumentar. Lo que no puede —si pretende seguir hablando de pueblo y dignidad— es convertir la exhibición de particulares en política de disuasión. Quien necesita advertir “te voy a hacer famoso” ya reveló que le pesa más el orgullo que el cargo.
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Que esperar de una rata apestosa como esa?