CDMX.- Hace justo un año, el 27 de agosto de 2025, la Comisión Permanente cerró con himno nacional, empujones y puñetazos en la Casona de Xicoténcatl. Alejandro “Alito” Moreno subió a reclamar que Gerardo Fernández Noroña no le dio la palabra; el priista lo jaloneó, lo empujó y, según el propio Noroña, le soltó aquello de “te voy a partir la madre, te voy a matar”. En el forcejeo también cayó Emiliano González, colaborador del entonces presidente de la Mesa Directiva, que salió con collarín.
La ironía es de antología. Noroña lleva décadas viviendo de la bronca, el grito y la provocación; el Senado se le volvió ring y el micrófono, bate. Pero cuando le tocan a él, de pronto el país descubrió que la violencia institucional es intolerable. Alito no sale mejor parado: el dirigente del PRI convirtió un reclamo de turno en manotazos, amenazas y una patada a un trabajador ya en el piso. Uno pide la palabra a golpes; el otro, que la ha negado mil veces con soberbia, ahora exige respeto como si nunca hubiera empujado a nadie. El Congreso no legisló ese día: se fue a los puños.
Un año después, la denuncia penal, el desafuero y las solemnidades se diluyeron en el mismo circo. Queda el video, el collarín del colaborador y dos políticos reciclándose el papel: el agresor que se dice víctima de una “provocación” y el provocador que se dice agredido. México no necesita más héroes de tribuna. Necesita que dejen de convertir el Senado en cantina con fuero.
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