CDMX.- Gerardo Fernández Noroña salió anoche en su videocharla con la cara de quien acaba de ver que el pastel se lo van a dar a otro. Su lectura, dicha con todas sus letras: Claudia Sheinbaum mandó el mensaje de que Omar García Harfuch es su carta para 2030 “por la manera en que se expresa”, y que eso ya parece un banderazo de salida, aunque falten cuatro años. El pretexto fue el elogio de la presidenta en la mañanera del 8 de octubre —“muy capaz, muy honesto, con mucha valentía… un hombre muy cabal”— después de que Manuel Velasco, del Verde, lo comparara con Pedro Infante y le ofreciera respaldo. Sheinbaum, por si acaso, también dijo “mucha grilla” y que el 2030 “está muy lejos”. Noroña se quedó con la mitad que le conviene.
El reclamo de fondo es más transparente que el discurso. Según él, con López Obrador y con Sheinbaum la carta se veía venir y nadie se sorprendió; ahora, en cambio, le duele que prensa y oposición no le claven el diente a Harfuch y le carguen toda la cuenta de la seguridad a la presidenta. De paso le recuerda el origen policiaco del secretario, formado en corporaciones de otros gobiernos, como si el currículum ajeno fuera el problema y no el termómetro. Harfuch, el mismo día, contestó otra cosa: la encomienda de Sheinbaum “no permite una agenda paralela” y andar en futurismos sería una falta de respeto a las víctimas y a sus compañeros. O sea, el aludido se baja y el senador se sube solo al ring.
Lo de Noroña no es análisis de sucesión: es el veneno de quien ve que la gente le toma el pulso a otro y no a él. Llamarlo “desbalance” es el eufemismo. El dato verificable es más simple: Sheinbaum elogió y frenó, Velasco destapó, Harfuch se negó, y Noroña tradujo el elogio como sentencia. Cuando el argumento principal es que a tu rival no lo critican, el problema ya no es 2030. Es el espejo.
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