Olga Sánchez Cordero: la cobardía de lavarse las manos tras contribuir a demoler el Poder Judicial
Olga Sánchez Cordero se lava las manos de la destrucción que ella misma ayudó a consumar
CDMX.- En una entrevista reciente, la exministra de la Suprema Corte y actual diputada de Morena, Olga Sánchez Cordero, criticó el carácter político de la elección de juzgadores, la falta de experiencia de muchos candidatos y el desaseo con que su partido ha procesado reformas clave. Afirmó que el Poder Judicial atraviesa una etapa de desestabilización y que le hubiera gustado que Morena fuera “más pulcro” al aprobar cambios de madrugada sin leerlos. El mensaje es claro: ahora se distancia del resultado.
Lo que omite es su propio rol. Como ministra de la SCJN durante décadas y luego como secretaria de Gobernación de Andrés Manuel López Obrador, prestó su prestigio jurídico al proyecto de la 4T. Cuando llegó el momento de la reforma judicial que sometió a elección popular a miles de cargos —una medida que erosionó la independencia judicial y generó incertidumbre institucional—, sus reservas fueron tibias y sus propuestas de filtros técnicos y mayor peso a la carrera judicial fueron ignoradas por su bancada. Se quedó. Votó o se abstuvo en lo sustancial. Y solo ahora, cuando los efectos ya son visibles —caída de inversión atribuida por analistas a la falta de certeza jurídica, empresas que prefieren arbitraje privado y advertencias de socios comerciales—, decide señalar los defectos.
Esa es la definición de cobardía oportunista. Sánchez Cordero no renunció cuando el daño se cocinaba ni levantó la voz con la fuerza que su trayectoria le exigía. Prefirió permanecer en las filas del poder y cosechar los beneficios de la cercanía al régimen. Criticar desde adentro después de que el edificio se derrumbó no es valentía: es el último intento de salvar la reputación personal mientras el país paga las consecuencias de una justicia más politizada y menos confiable. La historia no la absolverá por estas declaraciones tardías.



