CDMX.- Este jueves, en la mañanera, Roberto Capuano, director del proyecto Olinia, presentó el modelo de carga: un vehículo eléctrico con capacidad para 650 kilogramos, autonomía superior a 120 kilómetros, espacio para 12 huacales en la plataforma y cabina para dos personas. Habrá versiones pick-up, base y Van (cerrada para mercancías), todas recargables en enchufe convencional. El precio estimado ronda los 150 mil pesos y la venta se programa para finales de 2027; el Olinia 1 de pasajeros llegaría en el verano del mismo año. El gobierno abre la producción a empresas nacionales y extranjeras bajo un esquema de mayoría de capital mexicano, vía convocatoria de Nafin.
El anuncio llega con el mismo discurso de siempre: “un vehículo creado para trabajar”, pensado para pequeños productores y “última milla”. Pero los datos duros no perdonan. La velocidad máxima sigue anclada en 50 km/h —la misma del modelo de pasajeros—, lo que lo deja fuera de cualquier vialidad de acceso controlado y lo convierte en poco más que un carrito eléctrico urbano. La autonomía de poco más de 120 km para un vehículo de carga y el hecho de que todavía no existe línea de producción real, sino solo prototipos y una convocatoria a privados, revelan que el Estado no puede industrializar solo lo que promociona como orgullo nacional.
Mientras tanto, el precio se consolidó en el techo de las estimaciones iniciales (antes se hablaba de rangos desde 90 mil) y las entregas quedan a más de un año de distancia. Hablar de “huacales” como métrica suena pintoresco, pero no oculta la realidad: otro proyecto emblemático que se presenta con bombo mediático, depende de capital ajeno para materializarse y ofrece prestaciones limitadas que difícilmente compiten con soluciones ya existentes en el mercado informal o importado. La crítica no es al sueño de un auto mexicano accesible; es a la distancia entre el show de Palacio Nacional y un producto que, por ahora, solo existe en videos oficiales.
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