El mensaje de Andy: Créanme que conocí a Amílcar Olán en Villahermosa, pero que nunca le ayudé a conseguir un contrato. Créanme que no tengo nada que ver con el huachicol fiscal, aunque los reportes y los audios sigan circulando. Créanme que todo es “tirarme lodo” y que la falta de pruebas en mi contra equivale a inocencia absoluta. Créanme, porque lo digo yo, hijo de expresidente, exsecretario de Organización de Morena y aspirante a diputado con fuero.
El problema de pedir fe a gritos es que la fe no se decreta. Especialmente cuando el “anuncio importante” se reduce a repetir que uno es inocente con las mismas palabras que ya usó hace dos años. Especialmente cuando el mismo día la cuenta de X aparece suspendida y el “mucho ruido” de la defensa no viene acompañado de una sola nuez —un contrato, una factura, un correo, algo que no sea el testimonio del interesado—.
Andy no está pidiendo que le crean por las pruebas. Está pidiendo que le crean a pesar de las preguntas. Está pidiendo que aceptemos que el hijo del fundador de la Cuarta Transformación puede deslindarse de empresarios cercanos y de señalamientos de contrabando fiscal con un video y un “nunca jamás”. Está pidiendo, en el fondo, que hagamos lo que la 4T siempre exigió a los demás y casi nunca se aplicó a sí misma: confiar en la palabra del poderoso.
El resultado es el de siempre. El anuncio se esfuma. Las dudas no. Y el “por favor, créanme” queda flotando en el aire como el título de una comedia de Shakespeare que, en versión mexicana, se llama exactamente Mucho ruido y pocas nueces.
Hasta que presenten algo más que la palabra de Andy, esa frase no es un argumento. Es un ruego. Y los ruegos, en política, suelen ser la prueba de que el que habla ya se quedó sin nueces.




