Sonora.- Apenas el 24 de agosto Estados Unidos reabrió el cruce de Agua Prieta-Douglas, después de más de un año de restricciones por el gusano barrenador, pérdidas calculadas en 350 millones de dólares solo en Sonora y reses vendidas hasta 40% más baratas en el mercado interno. El primer lote —719 de 750 animales— cruzó entre inspecciones reforzadas, trazabilidad desde el nacimiento y el anuncio oficial de que se había duplicado la capacidad de las instalaciones. Siete días después, la Unión Ganadera Regional de Sonora confirma que las exportaciones volvieron a detenerse por una falla técnica en el área de inspección zoosanitaria: una trampa para ganado y el sistema de pesaje. El presidente Juan Ochoa Valenzuela dice que el equipo llegará en un máximo de tres días y que “la agenda no se verá afectada”.
Esa frase es el problema. Después de 14 meses de frontera cerrada, de protocolos binacionales, de moscas estériles, de chips, de perros detectores y de discursos sobre la “cultura sanitaria” de Sonora, el flujo se interrumpe por un desperfecto operativo que no es una nueva alerta epidemiológica, sino un hueco en la infraestructura que se acababa de presentar como reforzada. El USDA ya había advertido que cualquier irregularidad puede volver a cerrar el paso. Con un tope inicial de 700 a 1,300 cabezas diarias —muy por debajo de lo que el sector necesita para desahogar el rezago—, cada día de paro no es un detalle técnico: es ganado que sigue comiendo, precios que no se recuperan y un mercado que ya demostró que puede cortar el grifo otra vez.
La crítica no es al productor que espera el cruce. Es a la distancia entre el acto político de la reapertura y la capacidad real de sostenerla. Si el sistema se cae por una trampa y una báscula a la primera semana, lo que está en juego no es un atraso de 72 horas: es si las autoridades mexicanas pueden operar con la rigurosidad que exigieron —y celebraron— para volver a vender al vecino del norte.
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