El roce ya estaba escrito. No hacía falta que el Wall Street Journal lo contara para saber que Claudia Sheinbaum y Omar García Harfuch iban a chocar. Lo que el diario aporta es el escenario y los nombres: Palacio Nacional, al amanecer, el gabinete de seguridad en la mira, y Harfuch —el colaborador más cercano— recibiendo la reprimenda más dura. El motivo fue el congelamiento de cuentas de mexicanos que Washington señala por presunta protección al cártel de Sinaloa. Ella no quería que sus hombres dieran por buenas las acusaciones de Estados Unidos. Habló, según esas fuentes, de un intento de desestabilizar a México y a su gobierno. Y aun así autorizó el bloqueo, para no empeorar la relación bilateral.
Ahí está todo el gobierno de Sheinbaum en una sola escena.
Harfuch es su único aliado de verdad. No el aliado de partido, no el aliado de tribuna: el aliado de oficio. Es un sabueso. No se va a detener porque la presidenta le frunza el ceño una mañana en Palacio. Y, en el fondo, ella tampoco quiere amarrarlo. Lo necesita. Lo que no puede es decirlo en voz alta. Tiene encima dos losas. Una es Andrés Manuel López Obrador y los suyos. La otra es la suya: una trayectoria ideológica familiar larga, de izquierda comunista, que no se quita con un discurso de soberanía. AMLO nunca ha tragado a Harfuch. Ese roce no es de ahora; es de años, y ha sido también un roce entre el expresidente y su sucesora. Ella lo nombró, lo sostuvo y lo dejó operar. Él no se lo perdona.
Por eso el episodio de Baja California duele más de lo que parece. El WSJ pone sobre la mesa a Carlos Torres, exesposo de la gobernadora Marina del Pilar Ávila, acusado de usar su influencia para facilitar al cártel y cubrirlo frente a las autoridades estatales; a su hermano Luis Alfonso Torres, señalado de mover dinero ilícito hacia la política y las campañas; a Rafael Buenrostro, excolaborador de Ávila, jefe de la Aduana de Ciudad Juárez en 2025 y hoy impulsor de Julieta Ramírez, la candidata de Morena en el estado; y a Pedro Mendívil, exjefe de la Policía de Mexicali, cuya hermana, Dulce María Mendívil, subsecretaria Anticorrupción del mismo gobierno, también promueve a Ramírez. No es un expediente de delincuentes anónimos. Es el entorno de una gobernadora del oficialismo, y de la sucesión que Morena quiere armar en Baja California. Congelar esas cuentas es meterle la mano al aparato. No congelarlas es regalarle el argumento a Washington.
Sheinbaum quiere las dos cosas y no puede. Quiere el sabueso, porque sin él la seguridad se le cae, y quiere la paz con el obradorismo, porque sin esa paz el partido se le insubordina. Harfuch, mientras tanto, sigue la pista de Andy López Beltrán y de lo que queda del círculo familiar del expresidente. No es un ajuste de cuentas personal: es el único camino que tiene un policía de ese perfil si de verdad va a perseguir el dinero. Si algún día llega a la presidencia, Morena y el obradorismo no sobreviven a ese estilo. Los sepulta. No por discurso, por expediente.
El otro pesar es Washington. Harfuch cuenta con la simpatía y el apoyo de los estadounidenses. Para Sheinbaum eso es un activo y una condena. Activo, porque mantiene abierta la cooperación que ha evitado lo peor. Condena, porque cada gesto de Harfuch hacia el norte se lee, en la parcela de AMLO, como entrega. Trump, por su lado, no deja pasar la oportunidad: ante su electorado se burla de ella cada vez que le conviene. Estados Unidos no va a tolerar indefinidamente, en su frontera sur, un gobierno alineado a la izquierda con una presidenta de formación socialcomunista que administre los cárteles con eufemismos de soberanía. La presión no va a bajar. Va a cambiar de forma.
A los mexicanos, todo esto nos suena raro. Hay una tradición larga, obvia, de vecindad con Estados Unidos. Se comercia, se cruza, se pelea y se arregla. No estamos acostumbrados a la consigna de vivir en pleito permanente con los gringos. Las hordas de Morena le dan cuerda a Sheinbaum y a AMLO, sí, pero por interés: cargo, candidatura, contrato, impunidad. El país, el que madruga y paga nómina, no se enlista en esa guerra.
La presidenta puede regañar a Harfuch al amanecer. Puede hablar de desestabilización. Puede citar a la soberanía en el Zócalo. Lo que no puede es deshacer el hecho: el sabueso ya olió el rastro, los nombres ya están en la lista del Tesoro, y la losa de AMLO pesa más cada semana. O lo suelta, o la losa la parte.




