Quito.- Desde Quito, el secretario de Estado de Estados Unidos, Marco Rubio, dijo en voz alta lo que en México se discute en voz baja y se niega en palacio: hay “vastos territorios” que no gobierna el Estado, sino organizaciones que Washington ya llama “narcoterroristas”. No fue un desliz. Repitió que “la cabeza de la serpiente son estos cárteles en México”, que el gobierno de Claudia Sheinbaum ha hecho más que administraciones anteriores… y que aun así “no es, ni de lejos, suficiente”. Y cerró con la frase que debería encender todas las alarmas diplomáticas: la amenaza se enfrentará “de una forma u otra”, de preferencia con México, pero no necesariamente.
El diagnóstico no es original; es brutal porque coincide con lo que se ve en el mapa real: candidatos, jueces y periodistas asesinados, drones al servicio del tráfico, plazas donde la autoridad llega de visita. Rubio lo usó para justificar la ofensiva regional de Washington en Ecuador, Colombia y Perú, y de paso cargó contra la izquierda del hemisferio: Venezuela, Cuba y Nicaragua, dijo, fueron “destruidas” por ese proyecto. El problema no es que un funcionario cubano-estadounidense hable duro. El problema es que México lleva años respondiendo con comunicados, cifras maquilladas y la misma letanía de “cooperación respetuosa”, mientras el control territorial se fragmenta y la negociación del T-MEC avanza con esa pistola sobre la mesa.
Hay hipocresía de ida y vuelta. Estados Unidos consume la droga, arma buena parte del arsenal criminal y ahora amenaza con actuar “de una forma u otra” como si la frontera fuera un escenario de un solo villano. Pero esa hipocresía no absuelve al Estado mexicano. Si un secretario de Estado puede describir al país como un territorio a medias y no hay réplica con hechos —no con adjetivos—, el mensaje queda grabado: la soberanía se defiende recuperando el control, no declarándolo en conferencia. Rubio no inventó el vacío. Lo señaló. Y esa es la parte que duele.
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