CDMX.- En calles de la alcaldía Cuauhtémoc aparecieron pintas con un corazón, las letras “CH” y, en varios casos, la silueta y el aire gráfico de El Chapulín Colorado, junto a la frase “Nos une”. En redes se las ligó de inmediato a Citlalli Hernández, presidenta de la Comisión Nacional de Elecciones de Morena y figura rumoreada para 2027. Grupo Chespirito cortó la especulación con un comunicado: no autorizó imagen, marcas ni elementos distintivos del personaje en propaganda política, y dejó claro que ninguno de los creadores de Roberto Gómez Bolaños está asociado a partido, candidato o movimiento.
Hernández se deslindó: dijo que le atribuyeron “falsamente” esas pintas y que está concentrada en su cargo partidista. Un día después, el colectivo “Cuauhtémoc nos une” —militantes, liderazgos vecinales y operadores que aparecen en la mesa con Teodoro Palomino y otros nombres de la demarcación— convocó conferencia, se atribuyó la organización territorial, negó impulsar una candidatura concreta y colgó un logotipo nuevo: el mismo corazón, ahora con “Cuauhtémoc” escrito adentro. Palomino minimizó el episodio: no están “disputando logotipos”. La secuencia es elocuente. Primero el diseño; después el reclamo de la marca; al final el retoque y el discurso de “participación social”.
Lo duro no es el chiste fácil del Chapulín. Es la improvisación política: tomar un ícono popular sin permiso, usarlo como atajo de precampaña y, cuando el dueño de los derechos habla, convertir el incidente en un “malentendido” y un cambio de banner. Que todos se deslinden —la funcionaria, la empresa, el colectivo— no borra lo que ya se pintó en el asfalto. En política, el logo que hay que cambiar a las 24 horas no es un detalle gráfico: es la prueba de que la operación nació sin oficio, sin autorización y con la prisa de quien quiere marcar territorio antes de que el partido decida candidato. El Chapulín no pedía ser operador de nadie. Se lo quisieron colgar igual. Y se los bajaron.
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